En Roma se acostumbra á tratar de las cosas eclesiásticas con una franqueza de lenguaje apénas comprensible en nuestra España. Entre el católico español y el católico italiano média la misma distancia que entre la luminosa alegría pagana de una de estas basílicas y la severa austeridad gótica de una de nuestras catedrales. En la historia del Cristianismo han ejercido soberano influjo las grandes ciudades antiguas, Jerusalen, Aténas, Alejandría, Bizancio, Roma. Y puede decirse que la última en ejercerlo fué esta Ciudad Eterna, que debia presidirlo y personificarlo. Y cuando Roma se bautiza, impulsada por el español Teodorico, ha cumplido el cristianismo sus cielos dogmáticos, ha redactado, desde el concilio de Jerusalen hasta el concilio de Nicea, todas sus creencias, y toma principalmente un aspecto político y canónico, de autoridad, de dominacion, de ley; el aspecto mismo de la Ciudad Eterna en su antigua historia. Así es que los romanos miran siempre la cuestion religiosa en sus relaciones con la propia grandeza política.

«Os admiran y os maravillan estas obras de arte, me decia mi interlocutor. Pues pronto las veréis desaparecer bajo la segur de la igualdad democrática, é ir de Roma á quebrarse entre los hielos de Rusia, ó ennegrecerse entre las tinieblas de Inglaterra. Esa galería Doria, donde habeis visto á Juana de Nápoles retratada con griega finura por el pincel de Vinci; donde habeis visto á Lucrecia Borgia con sus ojos valencianos, tan negros como su basquiña de terciopelo, surgiendo de la paleta del Verones como para ir á una fiesta veneciana; donde habeis visto el primero quizá de todos los retratos de vuestro inmortal Velazquez; ese museo del palacio Borghese, que guarda desde obras maestras de los primeros pintores de Siena y Florencia hasta obras maestras de Rafael y de Corregio; todas esas grandezas se vinculan hoy en mayorazgos, que ántes de treinta años habrán desaparecido por vuestras leyes liberales de las desvinculaciones. Nuestros hijos no podrán tener amortizados quinientos ó seiscientos millones de reales en obras de arte como los tienen sus padres. Vendrá la division de bienes entre ellos; con la division la necesidad de vender: no comprarán, ni los italianos y los españoles, que son pobres, ni los franceses, que, ricos como nacion, como individuos no pasan de gozar medianas fortunas; comprarán los príncipes rusos ó los lores ingleses, y los dioses del arte irán prisioneros á las regiones del frio y de las nieblas, como ya han ido á San Petersburgo cuadros maestros de Venecia, y á Lóndres los frisos del Partenon.

»Roma, añadia, para continuar siendo Roma, debiera permanecer como una ciudad aparte, como el templo de vuestro Dios, á lo ménos como el archivo donde se guardan los títulos de la nobleza de vuestra estirpe, de la gente latina. Los demócratas habeis sacrificado el genio católico, el genio humano de Roma al genio nacional, particular de Italia; y buscando la república de Aténas entre nuestras ruinas de mármol, os habeis encontrado con la monarquía de Filipo. ¡Ah! Por eso yo me opuse constantemente á la destruccion del poder temporal de los Papas, y aconsejé que se blandieran todos los rayos y se asestáran sobre la frente de los invasores todos los anatemas. Si el dia que los italianos, valiéndose de las desgracias del Imperio frances, abrian la brecha en la Puerta Pía, el Papa sube á la basílica de San Pedro, y con todas las formalidades propias de los ritos, excomulga nominatim á Víctor Manuel y á su ejército, excomulgando con ellos á cuantos sacerdotes les dijeran misa, ó los confesasen, ó les administráran los sacramentos, ó les abrieran las puertas de los templos, tenedlo por seguro, si entran en Roma, si la adquieren por el ímpetu de la revolucion democrática, no la conservan. La mujer italiana es supersticiosa, y al ver que á la patria de esta tierra debia sacrificar la patria del cielo; al ver sus hijos sin bautismo á la hora del nacimiento; sus padres sin confesion á la hora de la muerte; cerrado el templo á sus oraciones y abierto el infierno á sus piés, comienza por una reaccion doméstica la guerra á Italia, y concluye por una reaccion nacional animada del espíritu religioso. ¿Qué quereis? El cardenal Antonelli es un hombre finísimo, de aguda inteligencia, de vastos conocimientos diplomáticos; pero de una irresolucion y de una incertidumbre sin ejemplo. No podeis imaginaros lo que ha costado cosa tan natural y sencilla como elevar el mártir arzobispo de Posen, perseguido de muerte por Prusia, á la dignidad de cardenal. Anunciaba todo género de calamidades á la Iglesia, y no ha sobrevenido ninguna, á consecuencia de este acto de justicia. Pues en el momento de la invasion logró pintar con tan vivos colores la desgracia del mundo católico y las desdichas de la Sede Apostólica, si las excomuniones se lanzaban abiertamente y en todo su furor, que retrajo al Papa de la necesaria energía y dejó en el aire la máxima, siempre sostenida, de la necesidad esencialísima de los poderes temporales y políticos á la autoridad religiosa y moral de los pontífices. Ya se ve, el cardenal Antonelli es rico hasta poderse llamar un potentado; la gota le tiene afligidísimo y no quiere moverse del Vaticano. Todos sus gustos se reducen á coleccionar mármoles y piedras preciosas. Tiene la joyería quizá más extraña y más rica de Europa. No hay monarca ni potentado que no le haya remitido algun regalo. Y en esto esparce el ánimo y distrae los ocios que le consienten sus trabajos diplomáticos, dejando rodar el mundo á su antojo, sin oponerle, como debiera, una decidida resistencia, cuando choca tan abiertamente como ahora con los altares de la Iglesia católica y con el genio de la antigua Roma.»

No hé menester decir que yo escuchaba con atencion hasta las inflexiones de la voz del Príncipe, sin participar de ninguna de sus creencias, sin asentir á ninguna de sus ideas. Pero viendo mi religiosidad en escucharle, se exaltaba hasta el entusiasmo, y decia: «¡Y cuán merecedor era Pío IX de otra suerte! No conozco ni ha conocido la Historia un Papa más íntegro en materia de intereses. Pobre era su familia y pobre continúa. Este larguísimo pontificado no le reportará ni siquiera un miserable ahorro. El dia en que el Papa muera, le enterrará la piedad de los fieles, como la piedad de los fieles hoy le mantiene y alimenta. Vosotros, los liberales, exagerados en vuestros juicios, todos contrarios á los Papas, sabeis cuál ha sido la llaga del Pontificado; sabeis que ha sido el nepotismo. Las familias más poderosas y más ricas deben su poder, su nombre, su riqueza, su influencia, á contar en sus anales un papa. Mirad esos palacios del Renacimiento esparcidos en Roma, y que exceden á los palacios de los reyes en el resto de Europa; recorred esas villas en que la naturaleza compite con el arte, último refugio de los antiguos dioses, olimpos verdaderos de la escultura; todo pertenece á familias pontificias. Ese palacio Corsini, donde habeis visto cuadros de los principales maestros y admirado la Vírgen de Murillo y su resplandeciente color sevillano, que vence al color mismo de la escuela veneciana, lo fundó un Riario, sobrino de Sixto IV, y lo agrandó aquel cuyo nombre lleva, sobrino de Clemente XII. La villa de Albani, que despues de vender parte de sus esculturas al Louvre y otra parte á Munich, formando como la base de dos museos, todavía guarda las primeras estatuas del mundo, como la bellísima canefora griega, en cuya presencia os olvidais de todo lo que no sea su extática contemplacion, se erigió por familia que contára un papa Clemente en sus anales. Las ciencias y las riquezas de los Pignatellis ha llegado desde nuestras tierras de Nápoles hasta vuestras tierras de Aragon, y si no se han debido, se han aumentado al poder y al nombre de Inocencio XII. Clemente IX es el jefe de esos Rospigliosis, á cuyos jardines acudís para ver la Aurora de Guido Reni, pintada en los techos de sus casinos, donde parece haberse condensado un pliegue de la rosada túnica del alba, y en ese pliegue danzar las ninfas vestidas de gayas gasas, y rodar el carro del sol, presidido por la jóven y divina Íris, que invocára tantas veces en sus poemas Homero. Los Altieris han fabricado el colosal palacio de la plaza de Gesu, parecido á una ciudad, á la vivienda de un pueblo más que á la vivienda de una familia, y los Altieris han tenido un Clemente X á su cabeza. Cuando recorreis la villa Pamphili; cuando bajais á sus verdes valles; cuando subís á sus colinas cubiertas de flores y coronadas por pinos de Italia; cuando dejais errar la mirada por los jardines interminables y por los lagos azules, comprendeis que los paisajes de Claudio Lorena se han animado en Roma á los conjuros del arte, movido por poderoso motor de oro, y acaso no recordais cómo tan puros goces son debidos á la munificencia de un sobrino de Inocente X. El palacio Barberini truena allá en las alturas, en las sagradas colinas, como un nuevo Quirinal, como un nuevo palacio Vaticano, construido con piedras arrancadas al Coliseo y edificado por los parientes de Urbano VIII. Esa galería, alzada en los jardines de Salustio, donde brilla la colosal cabeza de Juno y donde quedan grupos encantadores de Menelao, es obra de la fortuna de los Ludovisis, y la fortuna de los Ludovisis, obra de su pariente Gregorio XV. La villa de Borghese realmente es el único paseo del pueblo romano; su galería de esculturas podria honrar una capital; de su galería de pinturas no hablemos, y todas esas fabulosas riquezas comenzaron bajo la proteccion de un papa Borghese, de Pablo V. Y ya sabeis cómo Julio II protegió á los Róveres, y Leon X á los Médicis, y Alejandro VI á los Borgias, y Martin V á los Colonnas, y Pablo III á los Farnesios. Principados, dinastías, grandezas de todas clases que han llegado hasta nuestro tiempo, que han conmovido á Europa hasta nuestros dias, débense á esa debilidad de los Papas por sus respectivas familias. Pío IX ha vivido para los fieles y para la Iglesia. Jamas pasó por las manos de un Papa tanto oro. El dia en que perdió sus rentas temporales, los productos de su monarquía, pagó con religiosidad á todos los empleados destituidos, satisfizo las obligaciones corrientes, mantuvo un ejército de 15.000 hombres, y pudo entregar al Tesoro pontificio 400 millones de reales, y negarse con toda entereza á percibir la suma votada para mantener su decoro y su autoridad espiritual por los Parlamentos italianos. Cuanto ha recibido de mano de los fieles, otro tanto ha pasado á manos de la Iglesia.

»Pero no hay que dudarlo; su extrema movilidad de artista nos ha traido grandes males, se los ha traido á nuestra Roma. Durante su juventud, le poseia la idea utópica de un pontificado democrático. El libro de Gioberti sobre el primado de Italia por virtud de la Iglesia, corria por todas partes y acaloraba muchas imaginaciones exaltadas. Aliar la democracia con el cristianismo; rejuvenecer la conciencia religiosa con la idea liberal; concluir la obra del Evangelio, deduciendo sus últimas consecuencias políticas y sociales; llamar desde la antigua ciudad de los tribunos y desde el sacro altar de los mártires los pueblos oprimidos al goce de los derechos políticos; reconstituir por el progreso la tutela pontificia ejercida en otros siglos por la autoridad; aliarse con los débiles y anatematizar á los fuertes como Cristo en la montaña; todo este conjunto de propósitos era un ideal que trastornaba la mente del prelado Mastai y absorbia sus sentidos en la hora misma en que imprevista eleccion colocó sobre sus caldeadas sienes la tiara con las tres coronas reales y le entregó el dominio mayor que un mortal puede ejercer: el dominio sobre la humana conciencia.

»Los liberales de toda Europa, en cuanto advirtieron sus inclinaciones, le rodearon completamente en espesa nube de incienso. El flaco de Su Santidad es el amor al aplauso. Por aquella pendiente se hubiera deslizado hasta el fondo de insondable abismo sobre la muelle almohada de la popularidad, si no viene la demanda de la guerra contra el Austria á demostrar palpablemente á su honradez la incompatibilidad entre sus ideas de patriota liberal y sus deberes de Pontífice Máximo. Entónces volvióse de cara á la reaccion, y los reaccionarios del mundo le rodearon de las mismas alabanzas y del mismo incienso que los patriotas italianos. Y en esta nube envuelto, extremó la reaccion religiosa sin extremar la reaccion política. Y el mismo que no quiso excomulgar nominatim á Víctor Manuel, corrió los riesgos de un Concilio ecuménico para declararse á sí, en persona, infalible. Y esta declaracion extraña coincidió casi con las victorias de Prusia. Y Prusia, que hubiera opuesto su veto á la entrada en Roma, como solemnemente prometieran Emperador y Canciller al arzobispo de Posen, su amigo entónces, dejaron que el atentado se consumára en ódio á las últimas decisiones eclesiásticas. Y cuando solamente le quedaba al Papa el rayo de la excomunion para defenderse, acaso para salvarse, no lo ha esgrimido. Al contrario, todo el mundo sabe que está en los mejores términos con Víctor Manuel, y que expoliador y expoliado se escriben frecuentemente. Víctor Manuel insinúa que el poder real, como á una gran parte de sus antecesores, le abruma, y que preferiria á las alturas del trono las cimas de las montañas, siendo en él más poderosa y vivaz la naturaleza de cazador que la naturaleza de monarca, y la vocacion de campesino que la vocacion de político. Pero dice francamente que su hijo Humberto, nacido y criado en tiempo de revoluciones, con ideas muy avanzadas, con profundas creencias de libre pensador, enemigo irreconciliable del Pontificado, sería gravísimo peligro para la Iglesia, y le ofrece hasta como un homenaje al Vaticano su presencia en el Quirinal. Y de esta suerte, todo se conjura para demostrar la inutilidad completa de los poderes temporales y políticos á la autoridad religiosa de los papas, en contra de lo que dijéramos siempre y á mano armada sostuviera Roma. Y ese Papa, hoy prisionero, que no puede salir de su Vaticano, cuando la Iglesia universal le pertenece, hubiera vencido á sus enemigos con sólo excomulgarlos, con sólo blandir los rayos de que todos se rien y á que todos temen. El arma no está hoy tan embotada como vosotros imaginais, y sus efectos en Italia hubieran sido terribles, y para el Papa incalculables sus ventajas.»

Yo, con el respeto debido siempre á la sinceridad de las creencias honradas, opuse alguna observacion á mi interlocutor. El efecto de las excomuniones, en estos tiempos de crítica religiosa é histórica, debe calcularse por el que produjeron allá en los tiempos de exaltacion y de fe. Otros Papas hubo más perseguidos, á la verdad, que Pío IX, y más armados de esos rayos, cuya virtud no depende tanto del arbitrio de quien los lanza como de la fe de quien los recibe. No podeis negarme que media una gran distancia moral, mayor que la distancia temporal, entre aquellos siglos en que los Reyes de Inglaterra venian bajo la égida de Gregorio Magno á visitar la tumba del Apóstol en Roma, con las manos llenas de ofrendas, como los reyes magos á la cuna del Salvador en Belen, y estos tiempos, en que Inglaterra pertenece casi por completo á la herejía. Entónces recibian sobre las gradas de la basílica los reyes cristianos sus albos trajes de catecúmenos como la mayor de las recompensas y colgaban las largas cabelleras rubias y las pesadas coronas de oro en esas paredes donde hoy sólo se ven los sepulcros de los últimos Stuardos errantes, destronados, perseguidos por su devocion á la Iglesia. En el siglo undécimo, puede el Papa conseguir que todo un Emperador de Alemania, excomulgado, le pida de rodillas perdon como un esclavo á su señor. Pero en el siglo décimotercio no puede conseguir otro papa que Aragon ceda en la guerra de Sicilia, á pesar de las excomuniones, y se da el caso de que los santos de los altares hacen milagros á favor de los excomulgados. ¿Qué quereis? Yo creo que el Papa ha hecho perfectamente en no darse á las aventuras de una resistencia extrema y al aparato de una excomunion mayor. Quizá no contára con el clero italiano, parapetado tras la idea de que el asunto era un puro asunto político. En Italia el clero es eminentemente social, y por lo mismo, absorbe por todos sus poros el espíritu de esta sociedad. Á quien se le dijera que Nápoles ha renunciado casi desde 1860 á su procesion del Córpus, no lo creeria. Ignoro si cayó la fiesta del Córpus en tiempo del canton allá por nuestra bella Valencia, pues el canton hubiera celebrado las procesiones, fiesta indispensable á los valencianos. He oido á gente del pueblo quejarse en Roma de que el Papa haya suspendido las ceremonias en San Pedro; pero no por carecer de esta expansion religiosa y de ese alimento espiritual, sino por carecer de las materiales ventajas que reportaba á su salario la presencia de tantos extranjeros como acudian al cebo de los espectáculos. Es frecuente ver aquí, en capillas donde está expuesto el Santísimo, á curas que enseñan en voz alta y con ademanes de irreverente olvido, cualquier obra de arte á sus amigos. Eso sería imposible en España.

Nuestras gentes no me creerian si les anunciase que el custodio cercano á las cien lámparas encendidas en torno del sepulcro de San Pedro lleva hoy mismo, bajo las bóvedas de la primera entre todas las iglesias del mundo, la gorra puesta. En el alma de vuestro clero hay, lo mismo que en el alma de vuestra nacion, un fondo de escepticismo. La idea pagana se ha conservado siempre, y ese grano de la sal del naturalismo antiguo os preserva de los excesos y violencias á que todavía se entrega por la causa religiosa una parte de nuestro clero y otra parte de nuestro pueblo, allá en las montañas del Norte. Italia no ha sido, ni en los tiempos de fanatismo, una nacion fanática. En España el fanatismo está de tal suerte arraigado, que cambia de creencias sin cambiar de naturaleza. Es el defecto de raza tan enérgica, tan tenaz, tan valerosa como la nuestra, que todavía conserva, con su exceso de vigor físico, su exceso de vigor moral. Vosotros los italianos conoceis mejor que nosotros la realidad, la vida, y os amoldais á sus exigencias. Aún me dura el estupor grandísimo que me causó el saber, hace dias, la existencia real y efectiva de curas elegidos por el pueblo en várias ciudades y regiones italianas, curas que se creen ya tan curas como si los hubiera elegido su prelado. La excomunion mayor les alcanza desde los piés hasta la cabeza, y sin embargo, administran los sacramentos como si estuvieran libres de toda irregularidad. Id con esas á las gentes de nuestra nacion y de nuestra raza. Hablábame una señora ecuatoriana ayer mismo de su patria y mentaba al arzobispo de Quito. Decíame que era liberal, muy liberal, y que habia venido al Concilio con la idea principalmente de recabar la supresion de los conventos. Y como yo le preguntase con quién habia votado en el asunto de los asuntos, me respondió, extrañando mucho mi conducta, que con los partidarios de la infalibilidad. En Italia el clero es ménos inflexible, y no sigue al Papa. El Rey se queda con la excomunion y con los sacramentos. Ya hubieran hallado los curas italianos alguna puerta falsa por donde meterlo en la Iglesia.

Y en esta creencia me fortaleció uno de los primeros estadistas italianos, cuya conversacion tambien quiero contaros.

«Nosotros, me dijo, nada adivinamos ni queremos adivinar respecto á la eleccion del nuevo Papa. Dicen unos que será elegido el cardenal de Siena; dicen otros que será elegido el cardenal de Nápoles: nadie puede averiguar quién será el elegido. Nos apartamos de todo intento de influjo, porque las cosas imposibles no se deben jamas intentar, y nos reducimos á mostrar prácticamente que el Cónclave tendrá entre nosotros una libertad y una autoridad imposibles fuera de Roma. Yo me rio de cuantos proponen sistemas varios en las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Poned el padre Pasaglia en el Vaticano y procederia como procede Pío IX; poned á vuestro amigo Ferrari en el poder y procederá como procede el Gobierno. Nuestra nacion ni puede, ni quiere, ni debe renunciar á la presencia del Papa en su privilegiado suelo. Esta presencia constituye una capitalidad religiosa, á la que no hay medio de sustraerse en el estado de la civilizacion universal. Y cuando Italia entró en posesion de Roma, ó tenía que despedir ó tenía que conservar al Pontífice. Despedirlo equivalia á demostrar nosotros mismos la tésis de nuestros enemigos, la incompatibilidad del Pontificado é Italia. Conservarlo equivalia á destruir la tésis de la necesidad del poder temporal, en el ejercicio de la magistratura religiosa. Conservando al Papa, no hay más remedio que darle una completa libertad. Ningun gobierno, ni el gobierno demagógico, se atreveria á llevar una Encíclica al jurado, ni un papa á la cárcel. Hay cosas que se dicen muy fácilmente en los discursos, y que muy difícilmente se hacen desde el Gobierno. El Papa ataca una cosa, ya fuera de debate en Italia, ataca nuestra independencia y ataca nuestra nacionalidad, como si atacára al sol, al cielo, á los astros, á cuanto está léjos del dominio de su voluntad y del alcance de sus manos.