Las historias y tradiciones locales eran todavía más terribles. Contaban que la caverna se henchia de espíritus malignos, que en el seno de sus aguas nadaban monstruos marinos, que almas en pena se disolvian por el fósforo de sus estelas, que fantasmas diabólicos erraban sobre sus bóvedas, que horribles brujas tenian allí sus sábados en contubernio con los demonios, que cuantos mortales entraban perdian la vida, chupada por los vestiglos, y perdian el alma, lanzada á los infiernos. Los sacerdotes disuadian á las gentes de pasar por aquel lugar maldecido de Dios y tan terrible como los antiguos escollos de Scila y de Caríbdis. Se necesitaba entónces mucho valor y poca aprension para hacer lo que hicieron sus cuatro descubridores; para acercarse á la embocadura de aquel extraño averno. Y un posadero con un marino de Capri, y un pintor con un poeta de Alemania, se arriesgaron á la empresa y dieron prontamente con la magia. El pintor entró á nado. Cuando estuvo dentro, cuando se posesionó de aquel mundo sobrenatural, no sabía qué decir de alegría y de admiracion Parecíale haber descubierto otra nueva tierra, y en esta tierra nuevo mar, de un color y de un reflejo indecibles. Salia para cerciorarse de que todo el Mediterráneo de fuera no cambiaba de color, y volvia á entrar dando gritos de asombro. Aún se conserva en cierto albergue de Capri la relacion primera de este feliz hallazgo. Escrita por el poeta Kopisch, á ruegos del pintor Fries y del posadero Pagano y del marino Angelo, todos descubridores, encarece las supersticiones que cerraban el ingreso, la audacia necesaria para desafiarlas, la condicion precisa de un mar sereno, la posibilidad probable de una entrada en barquilla, el peligro que se corre de no poder salir á la menor alteracion de las ondas, lo estrecho de la entrada, lo encantador del sitio, el inverosímil juego de la luz, el matiz cerúleo de la superficie, el fosfórico resplandor de los líquidos abismos, el reflejo sobre las paredes y las techumbres, el tibio dia de aquella mansion de hadas donde diríase que están forjando por mandato de los dioses antiguos, para oponerlo al mundo moderno, una tierra pagana y tiñendo para deslumbrar nuestros ojos cristianos unos cielos olímpicos.
En esto, nos acercábamos á más andar á la caverna. Las sombras de la duna caian espesamente sobre nosotros y prestaban al mar un azul profundo que tiraba á violeta. Hácia el costado donde se abria la gruta, en la peña, el sol daba de lleno. Desde léjos nos parecia imposible poder penetrar en aquel sitio. Y verdaderamente, sólo una barca estrechísima, en cuyo seno teniais que tenderos y acurrucaros, pasaba como un pez entre los bordes angostos de la roca. Pero en cuanto ya habiais pasado, ¡qué singular maravilla! Bogais sobre un lago de turquesas líquidas; abrís en la superficie un surco de ópalo; veis en el hondo abismo una claridad semejante á la claridad de la luna llena; respirais un aire fresco cargado de emanaciones marinas; descubrís paredes y bóvedas blancas como el alabastro y azuladas por reflejos celestes como los cambiantes producidos por las diamantinas estrías; notais que todos los objetos fuera del agua están negros como el azabache pulido, y todos los cuerpos dentro del agua argentados como las matutinas estrellas; vuestra propia barca y vosotros mismos como formados de espesas sombras, y los marinerillos que se arrojan al agua y que os siguen de cerca, como si tuvieran los cuerpos enteros de cristal de roca, miéntras las cabezas se ennegrecen y se asemejan á cabezas de oscuro bronce antiguo; y os creeis en realidad trasladados desde esta tierra nuestra á las grutas, donde las ondinas y las neréidas y las sirenas pintan las conchas, componen las fosfóricas estelas, guardan las perlas, amasan el nácar; engarzan los corales y producen todas las maravillas del mar.
Naturalmente, para ver el fenómeno se necesita que el dia esté límpido, el agua serena, el sol ántes del meridiano, pues la clara luz, recogida á la puerta por las aguas, penetra con una dulzura celeste en esta mansion de encantos indecibles. Mas el silencio que allí reina; el alejamiento del mundo; la nitidez de las aguas; el hechizo de la luz; las gotas destiladas por los remos que brillan; la superficie tersa como un metal precioso en extraña infusion; los abismos trasparentes cual un cielo clarísimo; la reverberacion azul en las bóvedas blancas; el color oscuro de las barcas mezclado con el color alabastrino de los nadadores; las centellas y las estelas parecidas al chispear de los astros; las perlas y los diamantes líquidos que cada movimiento derrama sobre las ligeras ondulaciones; aquel dia tibio como un crepúsculo jamas visto; aquella noche que se condensa y se espesa por várias aperturas; aquella magia alejada completamente de la realidad; cuanto os rodea, presta al sitio el aspecto de una especie de planeta que se está formando y surgiendo como isla de nácar iluminada en otras esferas desemejantes de las nuestras por mágico sol, cuyos rayos tibios y dulces como los rayos de la luna, tuvieran sobre éstos un más celeste y más hermoso resplandor.
Al salir, mi mente inquieta se trasportaba á bien lejanos tiempos. ¿Será éste el sitio donde se mojó el Amor cantado en su oda tercera por Anacreonte? El rapaz quiso ver si la humedad habia aflojado su arco, y probó, y pudo cerciorarse, hiriendo al mismo huésped que le albergára, cuán léjos despedia la aguda flecha, y cuán certero daba el mortal golpe. Lo cierto es que en el rumor de la salada onda, en el choque de los ligeros remos con las aguas, en el aleteo de las frescas brisas, en el arrullo de la paloma mezclado con la vibracion de las henchidas lonas, en el chirrido de la cigarra acompañado del grito de la gaviota, en todo cuanto se oia, resonaba, como si hasta los escollos y los promontorios fuesen misteriosas arpas, el cántico inmortal de la antigua Grecia. Podia repetirse aquí el coro consagrado á Edipo, ciego en los valles de Colonna. Esta es la más deliciosa region del mundo; los ruiseñores invisibles cantan en coro desde árboles cuyos frutos nada tienen que temer ni del sol ni del frio; los dioses de la naturaleza pasan por sus campiñas cargados unas veces de espigas y otras de racimos, y pasan por sus ondas, siempre cargadas de perlas, seguidos los unos de ninfas, cuyas frentes coronan la verbena y la hiedra, los otros de neréidas, cuyas frentes coronan las algas y los corales; el rocío hace florecer los narcisos de pintadas guirnaldas y el azafran de áureas y purpurísimas hebras; el laurel crece junto al olivo y los hombres aprenden lo mismo el arte de fecundar la tierra, que el arte de someter los mares. Eurípides puede repetir aquí el canto de sus cíclopes; Teócrito sus idilios impregnados de rosada miel. La muchacha que pasa descalza por los altos riscos seguida de su cabra, y lanzándonos con gracioso ademan algunas palabras de griega melodía, es acaso la amorosa Amarílis que se inclinaba á la entrada de las cavernas para oir el cántico de los pastores, y que huia diligente á su amor y á sus caricias. El pescador de la playa es el mismo pescador antiguo; en su cabaña de juncos y hojas secas; sobre su lecho de algas; rodeado de espuertas, y filetes, y cebos varios, y anzuelos; con una barca llena de redes á su frente y un monton de maromas y corchos á su espalda; el traje azul como la ola amorosa, y el gorro colorado como el sol poniente; sin llave que le guarde ni perro que le defienda; soñando hasta en las breves noches del estío con su copo cargado de lucientes peces. Y cuando habiamos apartado los ojos de la playa y los habiamos puesto en los umbrosos valles, y veiamos á los muchachuelos trepar por los árboles, ó gatear por los riscos en busca de un nido, involuntariamente nos acordábamos de aquel pajarero cantado por Bion y Mosco, el cual untó de liga las ramas de los árboles para cazar el Amor, y un anciano le dijo: «Chiquillo, no aceches á tal edad ese bicho, que cuando seas mayor verás cómo viene por sí mismo á posarse largo tiempo sobre tu atormentado corazon.» Y tanta poesía sólo tiene una sombra, sólo tiene una mancha; la sombra del despotismo, la mancha del recuerdo de Tiberio. ¡Bendita libertad! ¡Maldito cesarismo!
SAN MARCOS DE VENECIA.
No conozco en el mundo salones comparables á la plaza y á la placeta de San Márcos. Cuando os colocais al pié de la torre que sirve como de campanario á la Basílica, y que de la Basílica se encuentra aislada á guisa de monolito asiático, el marmóreo blanco palacio de Sansovino se ostenta á la derecha con sus bajos relieves y sus estatuas del Renacimiento; la casa de las Procuratías á la izquierda, con sus arcos y sus bóvedas que exhalan de todos sus contornos ideas de la Edad Media; el Alcázar ducal á vuestra frente levantado sobre una crestería gótica, tan ligera como las diademas que coronan nuestras catedrales; junto al gótico alcázar el oriental templo; y entre las dos inmensas columnas graníticas rematadas por el leon de San Márcos y por la efigie de San Jorge, el Gran Canal se dilata como un brazo de mar azul, á cuyo término opuesto brilla, irguiéndose en admirable isla, una maravillosa iglesia de Paladio, toda blanca y rosa, toda recortada con una gracia inimitable, y concluida por torres y estatuas, cuyas puras líneas resaltan en el éter de los cielos y se dibujan claramente en el cristal de las aguas.
Bajo aquellos horizontes purísimos, al borde de aquellos mares celestes, entre tantas maravillas artísticas, sobre el pavimento de mármol, á la sombra del agudo campanario, apoyada la frente en la tribuna cincelada como una joya griega, ante los edificios de más colores y de más armonías y de más contrastes que hay en Europa, dejais correr el tiempo y vagar el pensamiento sin poder desasiros de un éxtasis contínuo. Los mercaderes de frutas confitadas gritan; los barítonos y tenores y músicos ambulantes alzan sus voces y suenan sus instrumentos varios; las palomas que anidan por todos aquellos relieves descienden á comer en las mesas de los cafés ó en vuestras propias manos los granos de trigo y las migajas de bizcocho y de pan que les apercibe la benevolencia del público. La paloma aparece á los piés de esta ciudad de nácar, nacida entre las ondas, como á los piés de la diosa mitológica del amor, entre las ondas tambien nacida, cual su compañera y su símbolo. De apartados siglos proviene este amor que el veneciano tiene al más inocente de los animales, al que comparte con el cordero y la tórtola y la golondrina toda nuestra ternura, bien escasa en verdad para los seres inferiores perseguidos siempre por nuestra devastadora hambre y nuestro asolador egoismo en las competencias y en los combates de la vida. Cierto dia, Venecia, la protectora unas veces, la enemiga otras del Oriente, sitiaba esa isla de Creta, que para la Geología une submarinamente Grecia con Egipto, y para la Historia une en el tiempo las ideas orientales con las ideas occidentales; isla cuya posesion ha costado y ha de costar todavía mucha sangre, cuando los cautivos mandaron desde sus oscuras mazmorras á los campamentos venecianos esos mensajeros alados que dijeron el sitio por donde encontrarian los sitiadores más fácil brecha, y de consiguiente más segura victoria. Desde entónces la gran ciudad no ha olvidado á los pobres animalillos, y los anida en sus más bellos edificios, y los regala con sus caricias, y los alimenta de su público tesoro. Son de ver, cuando bajan de aquellos nidos de jaspe, de mármol, de mosaico, cual si en tantos colores hubieran matizado sus alas de tornasolados cambiantes, corriendo á vuestra mano sin ninguna inquietud y arrullando vuestro oido con su unísono cántico; los ojos serenos, las plumas erizadas, movidas las alas, en demanda del grano de trigo que la ciudad guarda para estos extraños hospicianos, acogidos por su caridad y conservados en su pública beneficencia. Entre cresterías, botareles, pirámides, frisos, volutas, ojivas, arcos, todos inertes, esos alados seres juguetean como la imágen del movimiento y de la vida, mezclando la sombra de sus alas oscuras en los cielos con las sombras de las claras velas y de los gallardetes y banderolas que ondean sobre las naves del mar. Yo confieso que desde el sitio de París, se ha acrecentado mi antiguo cariño por esos inocentes animales. En aquella catástrofe sin igual, cuando rigoroso sitio habia aislado un millon de seres humanos del resto de la humanidad; bajo los horrores del bombardeo; entre las calamidades llovidas por el ódio universal y por la guerra; sobre los montones de cadáveres en cuyas cimas aleteaban los cuervos dándose á sus siniestros festines y á sus más siniestros graznidos de hartazgo; entre tantas sombras de muerte, entre tantas ruinas humeantes, entre tantas cóleras y venganzas, atravesaba el único sér que se movia á compasion y que amaba con ternura, la pobre paloma, hija del aire y de la luz, viajera incansable, verdadera hermana de la caridad en la naturaleza, sencilla portadora de noticias, de esperanzas, de avisos, que unian á los mártires con el resto de su raza y les daban nuevas, más ó ménos tristes, pero nuevas al cabo, necesarias para el alma, de los contínuos naufragios de la patria.
La primera vez que fuimos á Venecia, llevábamos la idea de visitar ántes el palacio ducal que la basílica católica. Pero las inocentes avecillas nos distrajeron tanto de este propósito, que nos llevaron al atrio, y desde el atrio era imposible resistir á la tentacion del ingreso. ¡Qué maravilloso monumento! No se parece en nada á ningun otro de la tierra: es original como esta ciudad, es autóctono como esta civilizacion; no entra en las clasificaciones del arte, como la historia veneciana no participa de las fases generales de la historia europea. Aquí no hay teocracia, aquí no hay feudalismo, aquí no hay monarquías con el encargo de fundar y unificar la patria; esto es un buque anclado entre las lagunas y el Adriático, lleno de banderolas, gallardetes, preseas, cintas y flores, donde unos marinos riquísimos, si quereis unos piratas sin rival, se dan á todas las exaltaciones de su mente, y despues de haber viajado ó combatido, tras una borrasca ó un encuentro, tras una guerra ó una tormenta, acarician con voluptuosidad el placer de vivir que se dilata en el choque de las copas y de los labios, en el sonido de los acordes y de los besos, en los goces del arte y del amor, entre aquellas mujeres bajo cuyas cabelleras rubias, dignas de las eslavas, centellean los ojos negros de las griegas, y bajo cuya piel de jazmin y rosa, digna de las flamencas, circula sangre de fuego y laten corazones africanos. Este edificio no es un edificio oriental, aunque por muchos aspectos lo parezca. Este edificio no es un edificio bizantino. Si lo creeriais al ver sus cúpulas, no lo creeriais al ver su disposicion interior. Este edificio no es un edificio romano; le falta la forma de aquellas audiencias convertidas por los primeros cristianos en templos. Este edificio no es un edificio gótico. La ojiva no aparece por ninguna parte, y los arcos triangulares no dan al interior el misterio y el recogimiento propios de nuestras catedrales de la Edad Media. Este edificio no es un edificio del Renacimiento, pues carece de aquella serenidad de líneas, y de aquella grandeza de conjunto, y de aquella armonía de proporciones que resplandecerán siempre en la iglesia de San Pedro y en el Escorial de nuestra España. Es un edificio original, extraño; en una palabra, veneciano. Las columnas, traidas de regiones diversas, se aglomeran y se sobreponen de tal suerte que os creeriais en nuestra mezquita de Córdoba; si no por los alicatados y las estalactitas, por los espejismos que brillan en las paredes os imaginariais en nuestra Alhambra de Granada; las tintas policromas extienden por doquier sus matices, á la manera que en los templos egipcios; sobre los arcos piafan los caballos cincelados en Grecia, como sobre los antiguos arcos romanos; entre los frisos se agarran las hojas rizadas del cardo y del acanto, cual en los adornos de Búrgos ó Leon; los santos rezan y leen sobre las repisas góticas y bajo los doseletes cincelados, repitiendo en parte las fachadas de Reims, de Estrasburgo y de Colonia; los animales fantásticos abren sus fauces y baten sus alas por igual manera que en las grecas del plateresco toledano y en los repujados de los joyeros florentinos; y á todas estas maravillas tan várias y tan diversas se une el cristal, la plata, el oro, los reflejos metálicos, los toques luminosos, los arreboles indecibles de los mosaicos, propios de esta privilegiada region, de los espléndidos mosaicos de Venecia.