El clima es dulcísimo, tibio el invierno, fresco el verano. Fuera de la parte que mira á Nápoles, y donde está la llamada Marina, abierta y expuesta al Norte, el resto de las regiones habitables de la isla recibe seguro abrigo de las altas montañas. Por aquel territorio montuoso y pedregosísimo; ¡cuántos valles alegres y de indecible deleite! En cualquier arruga del terreno, ó declive dulce, ó umbría plácida; en el recodo de los cabos, en las ligeras planicies de las estrías, en las rotondas de las cimas, en la espina dorsal de los montes, la vegetacion brota váriamente á guisa de canastillos de frutos y de flores que se hubieran dado allí al olvido. Las naranjas y los limones brillan y huelen á porfía entre las brillantísimas verdes hojas. El oscuro olivo se entrelaza con las claras vides. Las frondosas moreras producen frutillas de un sabor agridulce incomparable, y hojas para alimentar en alguna cantidad los gusanos de seda. Entre moreras y naranjos, alzándose airosas sobre los cactus de los áloes y los nopales, vense las higueras, cuyos higos compiten ciertamente con los higos de Esmirna. El vino es de corta cantidad, pero de larga reputacion. En Nápoles suelen falsificarlo, pues la isleta no da tanto como pide el gusto, ni siquiera como consumen sus sobrios moradores. La próvida atencion y cuidado de amigos que, á Dios gracias, tenemos en todas partes, nos procuraron gustar, así el tinto como el blanco, y los encontramos deliciosísimos. ¡Dios mio! ¡Cuán próvida es la agricultura en las regiones meridionales, y cuán vária! Yo no quisiera ser labrador, por ejemplo, en la bien cultivada Normandía, donde sólo se cogen las cosechas de heno y de trigo, y sólo se tienen algunas escasas frutas y muchos y buenos ganados. Desde el punto y hora en que concluís la siega, ya nada teneis que hacer. Para el pastoreo basta con los frescos prados y con tres ó cuatro pastores. En el Mediodía no sucede así; para cada mes hay su trabajo y su cosecha. Ya se abre el surco y se siembra el trigo; ya se poda y se cava la viña. En el hogar, bajo la grande chimenea, las ramas inútiles de los olivos, los haces de sarmientos, los rebujos de la aceituna, brillan y chisporrotean durante las largas veladas del invierno. Apénas llega Febrero, cuando os da la Providencia el cardo y otras hortalizas. En Marzo florece el almendro, y Abril colora las rojas cerezas que semejan flores. ¡Cuántas frutas de Mayo, azucaradas y sabrosísimas! El azahar os embriaga. Los albaricoques, las perillas, las primeras brevas os alimentan. Ya viene el trabajo de cuidar los gusanos de seda y el placer de verlos hilar sus plateadas hebras. Ya se abre la gomosa almendra y se desprende sobre el campo. La siega es temprana y da vagar bastante para las otras ocupaciones campestres. Apénas se acaba la siega, cuando empieza la recoleccion de los otros frutos. Aquí se cosecha la almendra, allá la nuez y la avellana, más allá la sandía y el melon de las viñas se ven bajar á las playas mujeres en coro que llevan sobre la cabeza los cestos circulares cargados de uvas para la pasa. Junto á los racimos de ámbar, sobre largos cañizos, los verdinegros higos, todos endulzados á los rayos del sol. Ya comienza la vendimia y se oye por todas partes el cántico de los que pisan en el lagar y se perciben los vapores del mosto. Ya viene el maíz, cuyas largas mazorcas se amontonan junto al trigo en los altos graneros. Ya se prensa el aceite que sazona la comida y alimenta la lámpara. Esta tierra no se cansa jamas de producir. Estos habitantes viven á la contínua en faenas del campo. Su atmósfera tibia y su campiña fecunda, les ofrecen delicias indecibles en ejercicios moralizadores y sanos. ¡Campos queridos de la luz, en vuestro seno, y sólo en vuestro seno, se celebran verdaderamente las nupcias del espíritu con la Naturaleza!

En la isla de Capri, meridional por excelencia, os dan los pájaros un concierto y os perfuman las flores. ¡Cómo deleita oir, al rumor de las ondas estrellándose en las cavernas, y pareciendo con su tono unísono á solemne acompañamiento de una orquesta invisible, el arrullo de la tórtola y de la paloma, el gorjeo de los jilgueros, el agudo cántico del mirlo, la oda de la alondra al sol en las alturas, y la endecha amorosa del ruiseñor en la enramada! ¡Cómo os animan y os alientan las picantísimas emanaciones marinas confundidas con el aroma del lentisco que huele á selva; del tomillo, que calma los nervios y endulza los aires; de la salvia, que despide como inefable incienso; del mirto, cuyas esencias os despiertan ideas poéticas, viendo al mismo tiempo los pinos salir casi de las aguas con sus copas vibrantes, la zarza-rosa entrelazarse con el áloe, el almendro y el limonero resaltar entre los olivos y las hayas y las encinas en armoniosos y suavísimos contrastes! Una dama inglesa que con nosotros venía, y que llevaba en una mano su cartera de dibujo y en otra mano su álbum de botánica, nos iba enseñando las flores más preciadas y diciéndoles el nombre más científico: el thymo, de suave olor; la passerina hirsuta, que busca la aridez y el calor; la scilla marítima, que se mece dulcemente en las moles ruinosas; la cineraria, con sus florecillas de oro; la orque piramidal, y otras muchas de tejidos tan multiformes y tan numerosos como no puede idearlos jamas el pensamiento.

Las montañas de toda la isla divídense en dos principales cuerpos, llamado el uno de Capri y el otro de Ana-Capri. El primer cuerpo puede subdividirse, á su vez, en cuatro alturas principalísimas, si várias por sus formas, iguales por su grandeza. La más elevada es aquella que más se acerca al cabo de Minerva, hácia el Oriente, mirando á Sorrento y á Salerno, donde hoy se saluda y se invoca á Santa María del Socorro, como en otro tiempo se saludó y se invocó á Jove, cuyo templo aparece todavía por doquier en pasmosos restos y majestuosas ruinas. La segunda altura es la de San Miguel, cónica cual todos los volcanes, ceñida por las piedras de antigua vía romana, y coronada por los pintorescos fragmentos de un palacio de Augusto. La tercera altura tiene en su cima un castillo, en su medio la villa de Capri, á su pié la cala de la marina, por sus costados dos vallecillos de incomparable deleite y alegría. El cuarto collado es aquel que se alza abruptamente del mar y que domina dos risueños valles, cubierto hácia su pié de viñas y olivos, cuyas ramas festonan los restos de Tragáres; desolado y estéril en su cima; rico en su falda de esas hierbas llamadas entre nosotros hinojo marino y ruda silvestre, que dan ardentísimo y embriagador perfume. Un poco más léjos del pié de esta montaña, denominada Tuoro-Grande, surgen del mar tres inmensos escollos aislados, de un color tan vivo, de una forma tan pintoresca, de una ornamentacion tan rica por la multitud de dibujos formados en sus caprichosas piedras, que parecen un templo acuático misteriosamente cuajado de extraños jeroglíficos. Las gaviotas y las águilas se posan por sus alturas; las plantas marinas se mecen por sus grietas; las olas se entrechocan por sus bases, y vistas á una larga distancia, desde el golfo de Salerno ó el cabo de Minerva, esmaltados por un horizonte puro, ceñidos de vapores ligeros en la purpurina atmósfera del mediodía ó en la rosada atmósfera de la tarde, cuando aquellos cielos despliegan como un íris de matices deslumbradores, las tomariais por unas diosas marinas elevándose desde sus grutas de cristal á las cimas del Olimpo. Y todas estas bellezas, todos estos graciosos rompimientos de los montes, todas estas aberturas, entre las cuales juegan las olas con los aires, y se descubren los cielos, encuentran su rudo contraste en la calcárea y árida montaña de Ana-Capri, la más alta y más estéril, cuya cresta toma el nombre de Monte Solaro, cúspide verdadera de la isla.

Por débil que mi paleta sea, por tosco que sea mi pincel, por pálido y desmayado el color, ya os podeis imaginar á Capri, altísimo escollo en medio del Tirreno, con sus montañas calcáreas y sus valles fresquísimos; con sus conos y pirámides en el cielo, y sus grutas y cavernas en las aguas; con sus matices violeta y sus matices azules de una dulzura incomparable; con sus palomas y sus gaviotas, que vuelan juntas en los aires, y el rosal y el hinojo marino, que crecen juntos en las piedras; con los templos de sus dioses caidos y los palacios de sus césares muertos; con los jardines en gradería tapizados de flores y poblados de pájaros, y las graciosas calas en anfiteatro, pobladas de barcas y tapizadas de redes; con las iglesias de Cristo y de María junto á las aras de Mitra y de Júpiter; bajo guirnaldas de pinos y sobre tapices de espuma; entre la bahía de Parthénope y la bahía de Salerno; el Vesubio encendido y el golfo sereno á su frente, y el mar infinito á su espalda; rodeada de cabos y promontorios de un dibujo clásico; soportando ruinas de una sublimidad religiosa; en aquel eden, cuyos claros horizontes y cuyos cerúleos abismos no tienen, por la magia de la luz, por la armonía de los contornos, por la belleza de los contrastes, rival ninguno en el mundo.

Caprea llamaron á la isla griegos y romanos. Segun unos, la etimología del nombre es latina y proviene de las muchas cabras errantes por sus escollos, y segun otros fenicia, é indica la existencia en su seno de dos ciudades. Pero el carácter predominante de Capri es el carácter griego. No se creeria que nacion tan escasa de gente como Grecia dejára generaciones tan numerosas y huellas tan profundas en las costas mediterráneas. Cuando en uno de mis viajes abordé á Ibiza, quedéme maravillado al ver sus mujeres con trajes llenos de reminiscencias dorias. Parecíanse á esas estatuas medio egipcias y medio helénicas que tan claramente señalan la fase de transicion desde Oriente á Occidente en el desarrollo de la cultura. Lo mismo sucede por otras regiones. Sagunto se entregó á las llamas en holocausto á los patrios lares y en ódio al enemigo cartagines. Ardieron sus casas y sus muros; suicidáronse en heroico sacrificio sus habitantes; no quedaron por aquellos espacios ni ruinas; y cuando se va entre sus naranjales y sus olivares cortados por alguna palma, á la orilla de su mar celeste, ó se trepa por su cercana colina para ver los restos del despedazado anfiteatro, á cada paso aparece el reflejo de Grecia, no borrado ni por la dominacion romana ni por la dominacion agarena. En las costas de Cataluña, al Levante, sin necesidad de ser grande observador, nota el viajero la diferencia entre los catalanes originarios de las altas montañas, todos celtas ó celtíberos, y los catalanes originarios de las rientes playas, casi todos griegos. Lo mismo sucede en Capri. La hermosa Grecia brilla sobre sus piedras como los dioses sobre las aras. Esta bahía, llamada por ellos el Cráter, porque tiene realmente el córte de la boca de inmenso volcan, era idónea para herir su genio artístico y para obligarlos á larga residencia. Ochocientos años ántes de Cristo, ya dominaban por estas playas. Las Dos Sicilias componian aquella magna Grecia, en la cual brilló con tanto lustre una parte de la vida griega: los viajes marítimos cantados por Homero despues de cantar la troyana guerra; los gigantes, cantados por Hesiodo, que en el Etna pugnaron audaces con los dioses; el idilio inmortal de Polifemo y Galatea; la escuela filosófica, que tan poderosamente influyera en los progresos de la cultura helénica; la aromosa poesía de Teócrito. Hoy mismo, las palabras usadas en Capri tienen muchas raíces griegas; el tocado de sus hermosas hijas, bajo el cual brillan profundos ojos velados por larguísimas pestañas, tiene el córte griego; y en los robustos isleños, marinos y montañeses á un mismo tiempo, se descubren aquellos atletas célebres en los juegos de Grecia. Á donde quiera que vuelvo los ojos se me aparece la imágen querida de la bellísima nacion. Toco el golfo de Posidonia, habito la bahía de Parthénope, descubro al Oriente la isla de Circe, y al Occidente la gruta de Cúmas; en mis paseos voy hasta Ana-Capri, cuya posicion se designa todavía por una partícula griega; entre los vapores lejanos, dorados por el éter, resalta Poesthum, con sus templos dorios consagrados á Neptuno; y en cada movimiento de las olas se ve tambien moverse, y en cada soplo de las brisas se oye suspirar la sirena que llenára de escollos y de encantos con su magia todos los mares de Grecia.

Esa ciudad de Nápoles, que está enfrente, se ha llamado siempre Sirena. Esta misma Capri es una sirena que seduce con su gracia y con sus cánticos. Sirenas se llaman las islas esparcidas por estos mares desde el cabo Minerva hasta la ensenada de Amalfi. ¡Y quién pudiera dudarlo mirando este cielo resplandeciente; este mar, de un azul indescriptible realzado por la áurea luz; estas cordilleras, en las cuales se mezcla el fuego con la nieve; estas montañas, entre doradas y purpúreas; estos jardines, que bajan en graderías desde las sierras á las playas, todos estos encantos capaces de esparcir y comunicar universal alegría! Cuando se ven esas islas, ora desde el camino de Salerno, ora desde el cabo de Minerva, surgir en formas tan graciosas sobre la superficie del agua tan celeste, no podeis dudar de que atrajeran y encantáran con el eco de sus olas repetido por las sonoras cavernas á los navegantes, adormeciéndolos y como petrificándolos con las seducciones y con los hechizos de estos voluptuosos parajes.

Así, todo evoca en la isla, todo cuanto veis, la remota antigüedad griega. El aire que respirais es aquel céfiro blando con que Minerva henchia las velas enviadas en busca del errante Ulíses. Las piedras que tocais son restos de las aras por donde corria la sangre de los toros negros en holocausto al númen del blanco Neptuno. Por estas riberas se tendió mil veces la hospitalaria piel sobre la cual asentaban los griegos á sus huéspedes despues de la comida para mostrarles los horizontes y los mares. Islas así serian las islas descritas en la Odisea homérica. Me parece que veo á Nestor coronando con hojas de oro recien forjadas la frente de la crasa ternerilla y ofreciéndola en sacrificio á los dioses despues de haberla empolvado con la harina sagrada. Un escollo así deberia ser aquella Ortygia donde la Aurora lloró con lágrimas de luz á su amante Orion, muerto á los invisibles dardos de Diana. Entre estas aguas sacaria la blonda cabeza Leucothea, ofreciendo al inmortal náufrago homérico el puerto de sus brazos. Estas columnas rotas evocan el recuerdo del palacio de Alcinoo, desde cuyos pórticos se veian las flotas griegas, y entre cuyas columnas resonaba el rumor del pueblo en asamblea mezclado con el rumor de la ola en movimiento, y el cántico de Demodoco celebrando la guerra de Troya, mezclado con el cántico de la brisa trayendo el aliento de las neréidas. Ahí está, ahí, á mi frente, la isla de la hechicera Circe, tan hermosa de rostro como de voz, hija de los amores del Sol con oceánica ninfa. En el fondo de deleitoso valle se alzaba su palacio, fabricado todo él de piedras preciosas, y guardado por los lobos y leones, mansos como perros cuando no los azuzaba la maga. De sus ventanas salia aquella voz sin ejemplo, la cual derramaba por las venas con sus cantares un calor sin igual. Allí entraron los compañeros de Ulíses, torpes é indiscretos, y fueron trasformados en cerdos, miéntras el astuto hijo de Itaca, provisto de la planta dada por Mercurio, cuyas raíces eran negras como el carbon, y cuyas flores albas como la nieve, convirtió á la reina hechicera en su concubina y su esclava. Por aquí se oia la endecha seductora de las sirenas. Su voz hacía resplandecer los cielos, serenarse los mares, henchirse de voluptuosos aromas los aires, resonar con música incomunicable los escollos y las riberas. Los navegantes se dejaban arrastrar por tanta calma, por tanto deleite, por los acordes que salian de las ondas, por los coros que acompañaban estos acordes, por los ojos seductores que brillaban como estelas, por el blanco voluptuoso cuerpo que se dibujaba en el cristal de las aguas, y desaparecian para siempre en el fondo, sin que jamas devolvieran las sirenas su presa. Así Ulíses tapó con cera los oidos de sus tripulantes, y se hizo atar él mismo con fuertes cuerdas á la altísima entena para conjurar la seduccion de las seductoras voces. Pero más léjos, y en este mismo mar, se alzaban frente á frente los dos montes llamados Scila y Caríbdis. Las olas de Anfitrite se estrellan á sus piés con horribles mugidos, y las aves del cielo, las mismas palomas que llevan la ambrosía á Júpiter, no se arriesgan jamas á pasar sobre sus cimas. Los dioses las llaman en su lenguaje incomunicable á los hombres, las rocas errantes. Si algun navío se acerca, se rompe en mil pedazos, y tablas y tripulacion desaparecen súbitamente entre las ondas henchidas de huracanes y las tempestades henchidas de rayos. Solamente los Argonáutas pasaron por allí directamente amparados del poder de Júpiter. Scila es tan alto que ninguna humana vista ha alcanzado su cresta cubierta de negras nubes y ninguna flecha de arquero ha llegado hasta la gruta que mira hácia el Erebo; y Caríbdis alimenta una higuera selvática, bajo cuyas hojas se guarece el genio de aquel paraje, que se sorbe las olas y las naves. Estos escollos, estas cimas, estos abismos, estos cabos y estos promontorios se hallan ilustrados por el inmortal poema de la navegacion, la Odisea, que sucedió á la Iliada, al inmortal poema de la guerra.

Cuando contemplo las formas arquitectónicas de Capri, realzadas con los toques maravillosos de alba luz, fínjome aquel archipiélago griego, compuesto por legiones de islas, antiguas cunas de diosas y poetas, extendidas entre dos continentes como para servir de templo á las nupcias del genio de Europa con la tierra de Asia, y adivino las nieves perpétuas de Thesalia, los valles floridos de Lidia, las montañas abrasadas por tempestades eternas, las colinas sonrientes de amor y de gracia, descubriendo todos aquellos parajes henchidos con la imágen de Homero. Y oigo el susurro del arroyo, en cuyos bordes naciera, á la sombra de copudo plátano, entre las endechas de un coro de ruiseñores y los himnos de una procesion griega, sobre el sitio mismo en que espirára Orfeo; y miro con los ojos del alma al viejo divino, pobre como la poesía, ciego como el amor, desconocido de su patria como el genio, alargando la trémula mano á recoger una limosna en pago del cántico bellísimo dotado de la inmortalidad; y me apeno al recuerdo de aquel pueblo cimeo que negó sus hogares á quien debia darle gloria; y renuevo las peregrinaciones de region en region, de gente en gente, de isla en isla, por donde deja una huella de luz en el suelo, una armonía inextinguible en los aires, una idea religiosa en las conciencias, una sonora cuerda de artística inspiracion en los corazones; y le sigo con el pensamiento, como con el recuerdo, por Phocea, Cliso, Samol, escuchando repetir al niño que va á la escuela, y á la jóven que vuelve de la fuente, sus magistrales hexámetros; y me lo figuro circuido de sus hijas, en el ocaso de la vida, próximo á concluir sus últimos cánticos, y obligando á cuantos tienen ojos y ven, á que le digan cómo resplandece el sol poniente en la cima del Olimpo; cómo se dibujan los cabos de la Jonia; cómo se doran las múltiples islas del archipiélago; cómo extienden sus alas sedosas las palomas y sus velas de lino las naves; cómo se hermosea todo, porque él ya oye como todo canta; y asisto á su muerte en las sonoras playas pobladas por su genio de dioses, á su transfiguracion en la mente de Grecia, á su apoteósis en la religion de la Humanidad.

Y la brisa que sopla en mis oidos, y la ola que muere á mis piés, y la gaviota que vuela sobre mi cabeza, y el mar que me rodea por todas partes, recuérdanme cómo Homero, despues de haber escrito en la Iliada el poema de la guerra, escribió en la Odisea el poema de la navegacion. Todas esas imágenes preciosas, la enamorada Calipso, ha hechicera Circe, la seductora Sirena, la modesta Nausicaa, la próvida Leucothea, son personificaciones de los escollos, de las sirtes, de las colinas, de las alternativas de alegría y angustia en la vida marítima, de los trabajos y de los placeres indecibles en las navegaciones larguísimas. Homero, despues de haber cantado los orígenes de su patria en la guerra, quiso tambien cantar los progresos de su patria en el trabajo y, sobre todo, en la navegacion, que debia darle tan preciosas colonias y extender por el mar Mediterráneo reflejos y reverberaciones de Grecia. La buena Penélope, rodeada de seductores y constante á su marido, retrata la mujer del marino que yo he visto tantas veces en nuestras costas valencianas, fidelísima á la memoria del ausente, encerrada en el hogar como en una tumba, ajena á todas las alegrías y á todas las fiestas; casi siempre de rodillas ante la Vírgen, estrella de los mares, pidiéndole su amparo; con el pensamiento puesto en el abismo insondable y la esperanza en el Dios misericordioso; los labios llenos de promesas y las promesas de ex-votos; casada, y en las tristezas, y en los duelos, y en la soledad de las viudas. Así como Homero, el poeta del Oriente europeo, escribe la epopeya de la navegacion mediterránea, Camoens, el poeta del Occidente europeo, escribe la epopeya de la navegacion oceánica. Todas las expediciones anteriores á la navegacion, cantadas por nuestro poeta peninsular, ó son navegaciones guerreras como las normandas, ó son navegaciones semi-mitológicas como las de Marco Polo. El marino veneciano me parece, respecto á Vasco de Gama, como Jason y los Argonáutas respecto á Ulíses y sus compañeros de empresas. En el poema de Camoens han crecido la tierra y el hombre, sin que hayan menguado la poesía y el arte. El mar es mayor que en los poemas homéricos; pero tambien es mayor la fuerza que lo sujeta. El poeta será inmortal como Homero, porque representará tanto el espíritu de su pueblo como el genio de su siglo, y como Homero desgraciado, porque no se puede llevar una corona tan gloriosa sin que toda ella esté ceñida de penetrantes y agudísimas espinas. Todos los redentores sudan sangre. La Odisea y las Lusiadas aguardan el tercer poema que ha de completar cielo tan maravilloso: el poema que cante la penetracion de nuestra mirada y de nuestro telescopio en los abismos infinitos del cielo, como la penetracion de nuestras sondas en los abismos infinitos del Océano; el vapor de las nubes, vago como las nieblas, ligero como el rocío, indeciso como los ensueños, recogiéndose en las grandes máquinas y superando las corrientes como las mareas, y las olas como los vientos; Hércules, que ha ido á la tierra de las Pirámides, y con la fuerza del genio y del trabajo ha roto los istmos y ha confundido los mares; el Prometeo, que ha lanzado entre el nuevo y el viejo continente, entre Europa y América, el misterioso lazo de alambre por el cual corre el rayo de los dioses, ya en manos de los hombres, llevando de uno á otro mundo la palabra con la rapidez del pensamiento; todo este esplendentísimo semillero de nuevas tierras y nuevos cielos en arte y en poesía.

Íbamos en mañana deleitosa de Junio, por mar dormido como sereno lago, á la sombra de las grandes dunas, desde la marina de Capri á la gruta azul, celeste laguillo de una claridad y de una trasparencia indecibles, formado por las aguas del mar dentro de una cueva calcárea, accesible sólo en barca y por una estrechísima abertura. La memoria de semejante maravilla se habia perdido para siempre. La tradicion contaba que griegos y romanos conocieron una gruta, donde cabian muchas personas, formada toda por inmenso trozo de nácar, y en cuyo seno se refugiáran, estando allí como dormidas y en sopor, las ninfas y neréidas, despues que las ahuyentó el hisopo cristiano con sus gotas de agua bendita al exorcizar los mares. Todo un prelado, escribiendo á otro prelado, aseguraba haber sido ésta la caverna donde el infeliz pescador Glauco se asiló despues de su trasformacion en pez, y donde conmovió á los dioses en tan alto grado con sus lloros y con sus súplicas y sus elegías, que les obligó á volverle súbitamente la forma humana, dejando por esta transfiguracion en el cristal de esas aguas sus azuladas escamas. Algunos suponen que un historiador de principios del siglo decimoséptimo trae indicios de la isla. Goethe hubiera deseado verla, porque el gran pagano, el sacerdote último de la antigüedad clásica, adoraba todo cuanto podia recordarle el paganismo. Novalis imagina cierto arte místico y naturalista á un tiempo, el cual se inspiraba en una canora sirena, cuya habitacion era esta gruta de cristal, donde se encerraba como la abeja en el cáliz de la flor. Un jóven que la escuchára, repetia sus cánticos impregnados de idealista pantheismo al par que de sensuales placeres. Y cuantos poetas oian aquel eco amortiguado deseaban escuchar la cancion poética en su orígen, beber en la fuente de esa poesía, é iban por la noche desolados en pos de la gruta, que despedia misteriosos sonidos sin revelarse nunca á los anhelantes ojos de tantos privilegiados mortales. Todos sabian que era una flor azul misteriosa; pero ninguno acertaba á encontrarla. Y anegábanse y morian, como nos anegamos y nos morimos en la vida, viendo la perfeccion, la ventura, la idealidad en los léjos del horizonte y sin poder jamas abrazarlas, anegábanse oyendo el cántico que salia del seno de la roca y sin alcanzar á ver la hermosísima ninfa.