LA ISLA DE CAPRI.
Dos veces he visitado á Capri en mi vida: una vez por la primavera de 1868, y otra vez por el estío de 1875. Durante este larguísimo intervalo cogí en más de una ocasion la pluma para bosquejar mis emociones, mis recuerdos, mis ideas, y la solté desesperando de igualar jamas al maravilloso cuadro original donde se mezcla tanta gracia con tanta grandeza. En deliciosa mañana bajaba desde la fonda llamada Sirena, en Sorrento, á las playas por una de esas galerías abiertas en la roca viva, merced al trabajo de los romanos, y contemplando las atrevidas bóvedas, las ciclópeas paredes, los tortuosos recodos, las ámplias escaleras y las subterráneas vías, exclamaba á cada paso, que no extrañaban ya las empresas mitológicas de Hércules ni la apertura del gaditano Estrecho, ni las columnas puestas por límites al mundo, pues un pueblo relativamente moderno daba el aspecto de montañas á sus monumentos y abria á su arbitrio los senos de la tierra como si guardára en su hogar el fuego primitivo ó tuviera en sus manos la fuerza creadora, algo semejante al genio mismo de la Naturaleza.
Despues de haber recorrido aquellas cavernas, aunque circula libremente el aire en sus espacios y no falta en verdad la luz, respirais mejor bajo el claro cielo y á orillas del mar. Los marineros nos aguardaban solícitos en una barca, y nos recibian con esos gratos saludos propios de esta clase eminentemente expansiva y social, sobre todo en nuestras regiones meridionales. Miéntras unos apercibian los remos, y otros aparejaban las velas, y éstos recogian lonas y redes, y aquéllos desamarraban los cables, dos entonaban á porfía la Mandolinata, esa suavísima cancion parthenopea que reproduce todo el gozo y toda la inquietud de estos griegos tendidos sobre sus lechos de rosas á las faldas de ese Vesubio, en cuya cima resuella eternamente la muerte. Conforme íbamos costeando la ensenada sorrentina y recorriendo casi hasta el cabo Minerva, último extremo de la bahía de Nápoles, destacábase en el mar la isla de Capri, comparada por Juan Pablo Richter á una esfinge, y por Gregorovius á un antiguo sarcófago. En efecto, el declive de su longitud desde Occidente á Oriente; la altísima eminencia del Solaro y sus aristas semejantes á graciosas estrías arquitectónicas; el córte de sus caprichosas playas; los esponjosos y oscuros escollos cincelados por las blancas, férvidas espumas; las escarpadas dunas, en cuyas cimas se abrazan las vides con los olivos y en cuyos piés se abren temerosas cavernas; el prodigioso esmalte dado á todos los objetos por el reflejo de la luz en las aguas; la trasparente superficie del mar y la clara bóveda del cielo, entre cuyos resplandores parece flotar la isla aérea y eteriforme como un templo de cristal azul engarzado sobre una estrella de oro; todas estas bellezas indecibles os trasportan á las regiones de la poesía y de la magia, en cuanto abrazais con la vista y con el pensamiento uno de los clásicos paisajes gratos á los antiguos poetas y á los antiguos dioses, pero, sobre todo, el paisaje de Capri.
No olvidaré jamas este dia. Serena la mañana, espléndido el horizonte, dormido el mar, fresco y cariñoso el aire; las ciudades del golfo dibujándose inciertamente en el éter como neréidas fabulosas, y Sorrento perdiéndose á nuestra espalda en la meseta de sus abruptas rocas, ceñidas de azahar, miéntras surgia cada vez más encantadora á nuestros ojos, Capri, con sus montañas ceñudas y sus alegres verjeles, con sus rosáceas dunas y sus negras cavernas, con sus blancos pueblos, ora agrupados al borde de las playas, ora suspensos en la falda de las montañas, y sus ruinas bruñidas por el sol y dispersas en las inaccesibles alturas; con las cúpulas de sus iglesias y los techos de sus cabañas; con sus labradores cavando en los huertos plantados sobre los abismos, y sus marineros recogiendo el copo lleno de peces en la ensenada; con sus escollos que parecen vomitados por erupciones volcánicas, y sus blancas casas, sobre cuyos pintorescos terrados se tienden fresquísimas guirnaldas; con aquella doble vida del campo y del mar, en que se mezclan las algas con las flores, las emanaciones salinas con los aromas silvestres, la nota dulcísima de la alondra con el grito agudo de la gaviota, á manera que en la poesía de Homero, de Teócrito y de Virgilio.
Á las diez del dia nos acercábamos ya al término de nuestro viaje, y la isla parecia desierta. ¡Grata y serena soledad! Proyectábase sobre el mar la luz con esplendor indecible. Las aguas miraban al cielo, como unos ojos enamorados miran á otros ojos en cuya retina encuentran el amor correspondido. Por toda la inmensa extension caia á plomo el sol, ya cercano á su zenit. Pero en el sitio donde estaba nuestra barca, al Norte de la isla, se extendia la sombra espesa de los altos montes. Así el Mediterráneo lucia con azul tan claro que tiraba al ópalo, y nuestra zona se teñía de azul tan oscuro que tiraba á violeta. Ningun pincel, ni siquiera el pincel de Pablo Verones, mojado en los matices de las lagunas venecianas, podria trasladar al lienzo aquella fiesta de colores; aquel cielo de un esplendor incomparable, aquellos léjos de rosados tintes donde nadaban los blancos pueblos, aquellos puntos de luz producidos por los rayos solares al quebrarse en la rizada superficie de las aguas, aquel violáceo tono del Vesubio brillando en sus cimas y en sus faldas como si estuviera cuajado de oscura y deslumbradora pedrería, aquella nube de humo despedida por el cráter y disipada en los aires como una gasa; aquella zona de azul oscuro en que nosotros estábamos, juego mágico de las sombras inexplicable por la humana palabra y en cuya contemplacion nos abismábamos como si fuese el comienzo de un mundo ideal guardado por un genio desconocido en el fondo de los mares.
Es verdad. Los pueblos que atraviesan el desierto bajo un cielo de bronce, sobre una tierra abrasada; en la uniformidad de los infinitos inmóviles océanos de arenas, deben afirmar y confirmar la idea de la unidad de su Dios creador; pero aquí, en el seno de esta contínua primavera que junta las flores con los frutos; en los reflejos de estos horizontes, cuya rica variedad es incomparable; en la orgía de estos colores que descomponen todos los matices de la luz; entre estas movibles olas, entre los juegos y arabescos de las sombras; entre las estelas del agua y los espejismos del aire; en las refracciones de los rayos solares y en la reverberacion de los nocturnos astros; en las guirnaldas de espumas, en la palpitacion contínua de ese movible seno, á cada instante aparecen las sirenas y neréidas del antiguo mar, cuna eterna de la religion pagana, sirenas y neréidas dibujando su cuerpo de alabastro en las espumas, sus negras cabelleras en las algas, sus palpitaciones amorosas en la rizada superficie, y sus huellas en los surcos de luz sobre la celeste inmensidad, donde brotan con los múltiples vapores múltiples ideas, y con las múltiples ideas innumerables dioses.
Acercámonos á tierra sin cansarnos de contemplar el conjunto de colores, el azul clarísimo de las aguas apartadas, el azul oscuro de las aguas cercanas, el tono violeta de las montañas y de las dunas, las tintas de primaveral vegetacion rica en toda suerte de flores. Varios chiquillos nadaban como tritones y nos pedian que les echáramos cuartos al agua, por cuya consecucion luchaban allá en el fondo, como los peces por su alimento. Como nuestra embarcacion seguia á la gruta Azul, tuvimos que trasbordarnos. Innumerables barcas nos circuian, y en ellas jóvenes marinos ofreciéndonos sus servicios y saludándonos con la palabra: ¡Felicidad! Una de estas barcas iba dirigida por hermosísima capriota de ojos negros y cabellos rubios como la Salomé del Ticiano, y que, desnudos los brazos y desnudos los piés, mal envuelta en traje de vistosa indiana, y bien peinada, con las trenzas recogidas sobre la nuca y traspasadas por una aguja de plata, remaba, empleando el mismo empuje y la misma celeridad de consumado marinero, sin que tanto esfuerzo le quitára aliento para entonar la cancion entónces al uso, La Bella sorrentina. Preferimos, como era natural en nuestra galantería española, esta barca tan hermosamente tripulada, y encaminámonos al muelle, de cuyas toscas piedras nos separaban algunas brazadas de mar y algunos movimientos de remo. Pero la llegada fué horrible: los mendigos nos asaltaban; los muchachos nos recogian nuestro equipaje, disputándoselo como si les perteneciera á ellos en vez de pertenecer á nosotros; las muchachas nos arrojaban á las manos pedazos de coral, conchas pintadas, piedrecillas de las ruinas, pidiéndonos en cambio dinero; los mozos de los diversos albergues se disputaban nuestras personas, como los pilludos de la playa nuestras maletas; este marinero nos presentaba sus robustos brazos para subir la empinada cuesta, aquel gañan su bíblico asno ó su jaco matalon; y todos nos cortaban el paso con vocerío infernal, como si se hubieran propuesto compensarnos con el disgusto producido por horribles gestos, agudos gritos y groseros asaltos, del encanto experimentado al abordar á la encantadora isla. Por fin pudimos desasirnos de todos ellos y trepar alegremente por los agrios senderos, entre áloes y nopales del Oriente, admirando aquellas casas parecidas á los aljibes árabes y que nos recordaban nuestras casas de Elche, con sus escaleras de madera en lo exterior, sombreadas de parras para subir al terrado cubierto de macetas, en las cuales florecen olorosos geranios.
Capri orna la parte oriental de la incomparable bahía parthenopea, y se avecina al cabo de Minerva. Su largo es de tres millas, su ancho de una y media, su circuito de nueve. Las montañas tienen tan abruptos y tan agrios costados que diríanse cortadas á pico, y dos mezquinas calas abrigan á las barcas de los contrarios vientos, pues casi todas sus rocas salen del mar á guisa de lisas paredes, y la privan por tanto de hospitalarias costas. La tierra vegetal se conserva con dificultad y á duras penas se acrecienta. Arrástranla al mar las lluvias; espárcenla por el aire los huracanes. Al fecundo elemento, donde las raíces se agarran y la vida vegetal brota y se nutre, suceden peñas desnudas, frias, estériles, como duros metales. Así los campos griegos, cantados por los antiguos poetas á causa de su amenidad y de su hermosura, han sido arrastrados al mar y se han trocado en áridos desiertos. Conmueven profundamente los cuidados que toman estos buenos isleños por preservar su tierra vegetal de todo cuanto pudiera perderla ó disiparla; los muros que levantan, los setos que fabrican, las hierbas que siembran, las excavaciones que ahondan, el arte y el culto con que guardan esos átomos donde el jugo de la savia se encierra. Veríaislos agitarse y conmoverse como si les arrancáran una parte de su sér, cuando las ráfagas vienen á estrellarse en su peñon y á elevar en los giros de sus torbellinos espesas nubes de polvo. Así, jamas siembran el escaso trigo producido por sus campos arrojándolo sobre el surco, sino abriendo para cada grano un agujerito que luégo tapan á fin de defenderlo contra el viento.