Señores, vosotros habeis hablado mucho de mí, consagrándome alabanzas dignas de vuestra magnanimidad, en desproporcion completa con mis méritos (Voces: No, no); permitidme que yo recuerde un hecho, no más que un hecho sencillo de mi vida. Crecí y me eduqué en tiempos de desesperacion respecto á vuestra patria. Para todos pasaba como axioma indiscutible que Italia estaba muerta y no resucitaria jamas. Nuestros padres, que tornaban del destierro para encontrarse con la guerra civil, vieron, trataron allá en la Gran Bretaña el sublime poeta de los sepulcros, hijo natural de Grecia, hijo adoptivo de Italia, que llevaba sobre su frente espaciosa los resplandores del genio de las dos naciones, y sobre su henchido corazon el luto de las desgracias y de las tristezas italianas y helénicas, luto más negro y más profundo en las tinieblas, donde le faltaba á un tiempo el acento de las músicas lenguas meridionales en los oidos y en los ojos el resplandor de nuestra luz y de nuestro cielo: en tal guisa, aterido por la duda y por el frio, aquel gran genio, creyendo eterna la noche y eterna la soledad de entónces, habia dicho, y ellos lo habian difundido, que estaba él condenado á morir en la proscripcion é Italia condenada á desaparecer en la servidumbre, rotas las cuerdas de su corazon como las cuerdas de su lira, semejante á sus antiguas sacerdotisas cuando bajaron del ara y se desciñeron la corona de verbena, al conjuro de los penitentes que salian de los desiertos del Asia y al golpe de las tribus que bajaban de las selvas del Norte, en la última apocalíptica hora del antiguo mundo. (Bien, bien.)
Y yo, á pesar de haber oido esto constantemente, pensé y creí siempre que Italia resucitaria. En el Jurado de Madrid, ante un pueblo inmenso, el año 1855, en el ardor de la primera juventud, yo dije que veriamos la unidad y la libertad y la independencia de Italia. Todavía guardo en mi poder una felicitacion que entónces me dirigieron, y que anda impresa, muchos patriotas italianos, entre los cuales se encuentran nombres tan ilustres como los nombres de Garibaldi, Manin, Mancini, Mamiani, Tomaseo y otros varios. Pero entónces, si habia muchos que participáran de mis ideas, habia pocos, muy pocos, que participáran de mis esperanzas. Hasta los más liberales me tenian por visionario y declaraban que mis anuncios, nacidos más en la fantasía que en el conocimiento de las cosas, no se cumplirian ¡Valor se necesitaba para esa afirmacion señores, en aquellos momentos! El mundo estaba lleno de desterrados italianos; el esfuerzo de 1848 habia recrudecido los dolores y enconado las llagas; el Piamonte, aplastado entre el Imperio de los Bonapartes y el Imperio de los Hapsburgos, no podia apénas respirar ni sostener sus nacientes instituciones; cebábase el despotismo en las Dos Sicilias, donde veiamos arriba todas las demencias y abajo todas las desgracias de nuestro tiempo de Fernando VII; las bayonetas imperiales mantenian la donacion de Pipino y cerraban todo paso al esfuerzo y al trabajo; príncipes absolutos en Toscana; príncipes más absolutos en Parma; príncipes absolutísimos en Módena, sargentos todos asalariados del Austria; las plazas del Cuadrilátero, como otros tantos clavos, sosteniendo el cuerpo de vuestra nacion martirizada en su cruentísima cruz; Milan, caida exánime en el dolor y en la desesperacion; Venecia, flotando como un gran cadáver en sus lagunas que parecian lagunas de lágrimas; por los horizontes de Europa ni un solo vislumbre de esperanza, dispersas las democracias alemanas; errantes sus ilustres apóstoles, volcada al golpe de Estado la gloriosa tribuna francesa; desvanecidas las ideas que brotáran de la Asamblea de Francfort y soterrada Hungría como si hubiéramos vuelto á los tiempos de la Santa Alianza, á la exaltacion de todos los tiranos y á la esclavitud eterna de todos los pueblos, no quedando á los grandes patriotas más recurso, despues de tantas catástrofes, que el recurso de Bruto y de Caton; la desesperacion y el suicidio. (Frenéticos aplausos.)
Y sin embargo, mi fe tenía un fundamento racional; mi fe tenía el fundamento de las ideas progresivas, de las ideas de libertad y de patria. Penetrando como penetraban ya en el espíritu de los pueblos, debian necesariamente conducirlos desde la concepcion de lo ideal á su inmediato cumplimiento. Una idea, por etérea, por impalpable que parezca, trasforma la impura realidad, modifica y renueva las sociedades humanas. Como las ciencias experimentales van cada dia demostrando más la unidad de las diversas fuerzas cosmogónicas, las ciencias de indagacion van, á su vez, demostrando que arte, religion, Estado, filosofía, son como cristalizaciones várias de una misma idea. (Bien, bien.) Y esta idea de la libertad, y de la igualdad en la libertad que debia crear la democracia, de la cual se derivaba esta otra idea de la union, de la identificacion de aquellos que tienen orígenes comunes y comunes destinos históricos en una misma nacionalidad, debian penetrar en el seno de Italia y redimirla y salvarla. Os habiais formado una concepcion superior de vuestro derecho, y, merced á las intuiciones rápidas de nuestra inteligente raza, habiais podido llevar esta concepcion á las últimas clases sociales, al seno de los pueblos, y de aquí la unidad italiana. Para fundarla más sólidamente la unisteis al pensamiento moderno, á la libertad; porque no puede prevalecer todo aquello que contra la libertad se dirija. Italia estaba dibujada y delineada en el espíritu ántes de brotar en el espacio. Italia era ya vista, descubierta en el éxtasis de sus hijos ántes de que brotára en las instituciones, como esas místicas figuras que el beato Angélico adoraba en espíritu ántes de animarlas en el áureo fondo de sus cuadros. Así, esta idea universal suscitó la inspiracion de vuestros artistas, el heroismo de vuestros soldados, la fe de vuestros mártires y el genio de vuestros hombres de Estado. Y supisteis sumar á los ímpetus del sentimiento los cálculos de las probabilidades políticas, y al culto por lo ideal y por los principios abstractos el conocimiento práctico de las realidades de la historia. Supisteis, cuando fué necesario, evocar vuestros muertos ilustres, reunir vuestros jóvenes ejércitos y marchar, en alas del entusiasmo, desde una inmerecida servidumbre á vuestra redencion en la libertad. Y despues de 1848, despues de aquel gran desastre, no perdisteis la esperanza como Caton despues de Farsalia y como Bruto despues de Filipos, perseverasteis, combatisteis, y desde San Martino hasta Marsala, y desde Marsala hasta Gaeta, una serie de victorias ilustres fundaron la libertad y la independencia de Italia, que completasteis luégo con la unidad, recabando en una mezcla rara de valor y de prudencia vuestra mágica Venecia y vuestra sublime Roma. El sueño de quince siglos se ha realizado. Lo que no pudieron los antiguos Césares ni los reyes ostrogodos y lombardos; lo que no alcanzaron ni Federico de Suabia ni sus ilustres descendientes en el combate á muerte con los güelfos y los angevinos; lo que no vieron ni Dante ni Petrarca, á pesar de invocar á los Emperadores de Alemania para que convirtieran la espada del Sacro Imperio en el eje de Italia; lo que no alcanzó Julio II con sus cañones, ni Leon X con sus artes; lo que no realizó Savonarola dándose á Dios, ni Maquiavelo dándose al diablo; la Italia una, la Italia libre, la Italia independiente, lo habeis conseguido vosotros, que, sin duda, sois la generacion más favorecida, por haber reunido á los esfuerzos de las generaciones anteriores y á sus martirios la idea vital por excelencia, la idea por excelencia poderosa, la idea de libertad. (Grandes aplausos.)
Pero no basta con haberla conseguido, es necesario á toda costa conservarla. Una larga experiencia enseña cuánto más fácil es la fundacion que la consolidacion de las libertades públicas. Para lo primero acaso basta con una virtud muy grande, pero muy extendida y rudimentaria; con el valor; para lo segundo se necesitan la sabiduría y la prudencia. Todo se puede dejar en parte á los azares de lo imprevisto, todo, ménos la suerte de las naciones. Las aventuras en los pueblos concluyen casi siempre, como las aventuras de la obra inmortal de nuestro Cervántes, por grandes catástrofes. Sólo se debe extirpar aquello que no se puede reformar. Y ántes de pedir á las leyes una reforma, es necesario formularla con claridad, difundirla con perseverancia, propagarla en los comicios, conseguir que desde los comicios suba como una savia misteriosa á los parlamentos y de los parlamentos á los gobiernos. Si un principio, por progresivo que parezca, puede comprometer todo lo que habeis alcanzado, no lo propongais ni lo implanteis; contentaros con prepararlo para lo porvenir. Vosotros, que sois naturalezas sintéticas, no caigais en el error de los errores: mirar sólo á la libertad y prescindir de la autoridad; mirar sólo al progreso y prescindir de la estabilidad; mirar sólo al derecho del individuo y prescindir de la fuerza social; mirar sólo á lo porvenir, cuando todo movimiento encierra en trinidad misteriosa lo pasado, lo porvenir y lo presente. El ideal debe formularse, sostenerse, difundirse todos los dias con sin igual constancia, porque es la promesa de las renovaciones necesarias en las sociedades humanas; mas para plantearlo no olvideis nunca, no, que toda idea encierra una serie lógica de ideas y que toda obra grande crece con la misma lentitud con que crecen los seres muy duraderos en la naturaleza. Los partidos radicales, los partidos avanzados de toda Europa deben unir al valor la mesura, al sentido científico el sentido histórico, á la noble impaciencia por el progreso aquel tacto político, aquella medida de la realidad, aquel conocimiento de pueblos, sin los cuales sembrais el bien y recogeis el mal. No os satisfagais con haber fundado Italia, conservadla. Y no se diga jamas que por corregir un defecto de vuestra estatua, por quitarle una imperfeccion, quizá necesaria, la habeis destrozado en mil pedazos. (Grandes aplausos.) Brindemos, pues, no sólo al empuje y á la iniciativa de los que fundaron Italia, sino tambien á la prudencia y al tacto de los que saben conservarla y sostenerla con maravillosa unidad de propósitos.
No me cansaré jamas de tratar este punto, porque creo que el mayor mal de las democracias modernas es la impaciencia, y el escollo único está en la demagogia. Los períodos revolucionarios, los períodos de violencia se van cerrando en toda Europa. Los pueblos que caen por su desgracia en reacciones absurdas, los pueblos que ven reaparecer por conjuraciones de cuartel épocas aborrecidas de tiranía, los pueblos que pierden su prensa y su tribuna, los pueblos lanzados del derecho á los piés de la teocracia, esos pueblos que conservadores insensatos empujan hácia el abismo, no tienen otro remedio sino apelar á la revolucion, obra siempre de los opresores y no de los oprimidos, los cuales tienden incontrastablemente, como todos los seres, á respirar su aire, á ver su luz, á ver y respirar la libertad. Pero los pueblos que tienen las condiciones necesarias de la vida moderna; aquellos que poseen el sistema constitucional en toda su latitud, que gozan de prensa y de tribuna libres y que pueden reformarlo todo por la iniciativa del Parlamento y por el voto de los comicios, esos pueblos, cuando apelan á la revolucion, me parecen á la verdad tan insensatos como los conservadores reaccionarios, y forjan su propia opresion y mueren dementes en la infamia del suicidio. No olvideis, no, que solamente los déspotas, creidos de que su voluntad y su pensamiento representan toda la nacion, pueden intentar cuanto quieran sin contar con nadie; nosotros los demócratas, para gobernar las sociedades humanas y reformarlas, necesitamos de todos, de la mayoría cuando ménos, y no podemos ganarlos á todos sino por la persuasion y por la propaganda.
Conozco que insisto mucho; pero permitídmelo en puro interes de la libertad y de la democracia, causa que con desinteres completo he servido toda mi vida. Los excesos nos han perdido siempre. Entre aquel estallido de pasiones que acompañó á la primera revolucion francesa, no se pudo fundar una república duradera; entre el estallido de utopias que acompañó á la revolucion de 1848, perdióse tambien la república. Hoy, que parecia la obra más difícil, la reaccion más fuerte, nuestro ideal extinto en las ruinas humeantes de la guerra civil y de la guerra extranjera, la república se ha salvado, la república se ha establecido en Francia, gracias á la prudencia de los republicanos, que han alcanzado la más difícil, pero la más gloriosa de todas las victorias, la que ha consistido en vencerse á sí mismos, sometiendo á la realidad un ideal que se extinguiera si intentáran realizarlo en una sola hora ó en un solo dia. Para confirmar esta verdad encontraréis cumplidísimo ejemplo en el pueblo quizá más fuerte, más valeroso y más desgraciado de Europa, en el pueblo español. Este gran pueblo habia conseguido los tres mayores bienes á que pueden aspirar los pueblos modernos: habia conseguido la libertad, la democracia y la república. Su conciencia y su pensamiento, su prensa y su tribuna eran completamente libres; la tolerancia religiosa habia sustituido á la intolerancia más arraigada y más antigua; sus Universidades tenian todos los derechos de las primeras Universidades del mundo; administraba allí justicia el jurado y elegia la autoridad en todos sus grados el sufragio universal: bienes inapreciables que llegaron á encarnarse en su forma propia, en su organismo natural, en la república; pero el empeño de exagerar todas las ideas, de extremar todas las conquistas, de pedir á combinaciones utópicas y no ensayadas de un republicanismo indefinido, todos estos gravísimos errores nos perdieron y nos llevaron á una descomposicion que ha sido al par causa de nuestra ruina y de la ruina de aquellas venerandas instituciones, á las cuales habiamos unido con el trabajo de toda nuestra vida la honra de nuestro nombre y la suerte de nuestra patria, ejemplo tristísimo que invocaré siempre para inculcar en las democracias europeas las dos virtudes que deben ir unidas á su valor y á su tenacidad, la moderacion y la prudencia. (Aplausos, asentimiento.)
Pero dicho esto, hecha esta confesion dolorosísima, réstame otra cosa que decir, otra enseñanza que sacar de los acontecimientos de España. Se habla mucho de la solidaridad que existe entre los elementos liberales, entre los partidos democráticos, entre los gobiernos afines de Europa. Se habla mucho de lo que ha dado en llamarse el cosmopolitismo revolucionario. Yo puedo decir, yo puedo declarar que no he hallado esa unidad de miras y esa solidaridad de intereses en el liberalismo europeo, sobre todo en el liberalismo oficial que pretende servir la moderna civilizacion. Para nadie era un misterio que, proclamada la república en España, su caida traia consigo necesariamente una reaccion inmediata, una reaccion hácia la teocracia más ó ménos hipócrita. Un reconocimiento de los Gabinetes europeos, un reconocimiento oficial de aquella forma de gobierno, emanada, no de revoluciones populares, no de pronunciamientos pretorianescos, sino de la voluntad libérrima de una Asamblea soberana, producto del sufragio universal, hubiera podido salvarnos, hubiera podido traernos en el interior autoridad y fuerza moral para vencer los mayores obstáculos, y conservar un pueblo nobilísimo á la civilizacion y á la libertad europea. Ningun Gobierno, ninguno, en aquella crísis nos tendió la mano. Tuvimos ofertas de algunos de esos hombres extraordinarios que han consagrado su vida á la libertad, como Garibaldi; no tuvimos más. En Francia habia una república, y esta república no reconoció á su infeliz hermana. En Inglaterra habia un Gobierno radical, un Gobierno que tenía interes en salvar la libertad religiosa y la libertad mercantil allende el Pirineo; este Gobierno tampoco quiso reconocernos. Ni siquiera allá en la pensadora Alemania, que tanto y tanto lucha con la teocracia universal, se comprendió que tras la ruina de la república se encontraba la exaltacion de los elementos clericales. Y allí tenian el deber de adivinar que las reacciones son contagiosas, y que los contagios atacan quizá á los más sanos y á los más fuertes. Nosotros nos vimos abandonados de todos hasta en los momentos en que luchábamos con la demagogia, y restablecimos la autoridad y el órden bajo la bandera de la república, es verdad, pero de la república moderada y prudente. En cambio, los enemigos de todo progreso, los mantenedores del absolutismo, los que pelean por el trono y por el altar han tenido el auxilio de todos los interesados en restaurar la antigua trama sobre el suelo volcanizado de Europa. El partido legitimista frances se ha arruinado por socorrerlos; y los católicos ingleses han mandado constantemente naves cargadas de armas á nuestras costas cantábricas; y un solo comité ha dicho al disolverse en Viena que le habia remitido tres millones de francos al Pretendiente; y donde quiera que alienta una esperanza ó interes absolutista, allí ha brotado un recurso, un auxilio para nuestros enemigos, de suerte que España padece, sus hijos mueren, sus hogares arden, sus caminos se cierran bajo un diluvio de sangre, no sólo por las pasiones y los errores nacionales, sino tambien porque el absolutismo universal ha concentrado sobre nosotros todas sus fuerzas á fin de restaurar con una victoria en aquel suelo, sus viejos ídolos sobre los altares de toda Europa. Nosotros somos, ante todo, las víctimas sacrificadas por la implacable reaccion universal.
Puesto que es antigua y arraigadísima costumbre el dirigir votos en estos momentos solemnes, elevémoslos por la union de los dos pueblos, por la union del pueblo de Italia y del pueblo de España. Olvidemos que unas veces vosotros habeis sido los conquistadores y nosotros los conquistados, que unas veces nosotros hemos sido los conquistadores y vosotros los conquistados, para acordarnos tan sólo de que siempre hemos sido hermanos por la identidad de nuestros orígenes, hermanos por la analogía de nuestras lenguas, hermanos por la comunidad de nuestras creencias, hermanos por la semejanza de nuestras regiones meridionales, hermanos por nuestras artes, por nuestras ciencias y por nuestra historia. No se puede saber qué sería del mundo, qué de la civilizacion, si los pueblos mediterráneos se suprimieran: aquella Andalucía, que enmedio de la barbarie feudal enseñó á Europa las matemáticas, y con ellas la astronomía de los cielos, las ciencias filosóficas y con ellas la astronomía del pensamiento; aquella Provenza, que con sus córtes de amor y con sus torneos poéticos fundó la literatura moderna, y fué lazo de union estrecha entre todos nosotros; aquella Grecia, que ha esculpido la forma humana con el buril de sus artistas, y le ha puesto en la frente el resplandor de lo divino con las ideas de sus filósofos; y esta Italia, que ha sido la Grecia de estos tiempos, nuestra Academia y nuestro templo, la musa de la moderna historia. (Aplausos.) Registrad vuestros anales, registradlos, y veréis cuántas glorias, cuántas grandezas tenemos, que son y serán perpétuamente comunes entre vosotros y nosotros. Las escuelas de Córdoba y de Sevilla han contribuido al Renacimiento hasta en Italia, y han llevado la filosofía de Aristóteles hasta el seno de Sicilia. Las naves de vuestras repúblicas, las naves de Pisa, las naves de Génova han redimido y han emancipado ciudades tan españolas como Almería y como Mallorca. Los almogávares catalanes, invocados por los grandes patriotas sicilianos, vencieron las ambiciones de la teocracia y alzaron el guantelete de Conradino en Mesina, en Nicotena, en Catania, mezclándose en los anales de vuestra libertad y en los tercetos del Dante sus nombres con los nombres de los fundadores de vuestra libertad. La gloria de Colon es una gloria de España y de Italia; el nombre de Andrea Doria es un nombre de Italia y de España; las proezas del gran general Colonna son proezas de Italia y de España; las victorias de Filiberto de Saboya son victorias de España y de Italia; los versos de Garcilaso pertenecen tanto á vosotros como á nosotros; los pinceles del Españoleto ilustran la antigua Campania y la moderna Valencia; en la epopeya de Lepanto, en la ocasion más grande de la historia moderna, cuando detuvimos el fatalismo oriental y evitamos que todo el Mediterráneo fuera, como el Bósforo, un lago turco, las naves de Barcelona se consagraban, confundidas con las naves de Génova y de Venecia, á la obra eternamente gloriosa de salvar para siempre del mayor de sus riesgos á la civilizacion y la libertad en toda Europa. (Ruidosos y prolongados aplausos.) Hasta recuerdos comunes tenemos en la historia de nuestras libertades. Cuando toda España ardia en la guerra sublime de su independencia, en la guerra de 1808, reunidos sus legisladores sobre el escollo de Cádiz, bajo las bombas del conquistador y bajo el azote de la peste, trazaron el Código democrático de 1812, que consagraba las grandes libertades modernas, y que ungia la frente de los pueblos con el sufragio universal. Pues ese Código invocó el Piamonte, invocaron las Dos Sicilias en 1821 al levantarse para pedir el régimen constitucional y las modernas instituciones democráticas. El recuerdo de ese Código era una religion, lo mismo entre vosotros que entre nosotros, la religion de la libertad. El nombre de Riego es tan popular en Italia como el nombre de Garibaldi, el gran Garibaldi, es popular en España.
Todavía se conservaba esa religion en nuestros tiempos; todavía Palermo sublevado significaba á sus enemigos y á sus tiranos que no cesaria en su lucha como no le concediesen el código de sus libertades, el resúmen de sus derechos, el objeto de su culto, la Constitucion española de 1812. Por consecuencia, señores, si tantos son nuestros recuerdos, tantas nuestras glorias, si vuestros opresores han sido nuestros opresores, y vuestros enemigos nuestros enemigos, brindemos todos por la union de la España liberal y de la Italia liberal en la obra civilizadora y humanitaria del progreso y de la democracia.
Yo he oido decir aquí á grandes pensadores y políticos, que no creen, que no pueden creer en la raza latina. Yo, por lo contrario, creo en la existencia de esta raza, y creo que las razas, como las nacionalidades, responden á la ley de variedad y de unidad que impera así en las sociedades humanas como en el universo. Pero ni deseo el panlatinismo como los escritores de otra raza desean el dominio universal, ni predico esta idea de raza por oposicion ó por ódio á raza ninguna de la tierra, y ménos de nuestra tierra europea. Creo que así como la familia completa al individuo, y la nacionalidad completa la familia, la raza completa las nacionalidades, y la idea de humanidad completa y contiene todos estos elementos de vida. Las razas diversas son necesarias, son indispensables, y sirven á la naturaleza como los planetas y los soles al cosmos, como las fuerzas contrarias á la mecánica y al equilibrio universal; como el oxígeno, el ázoe y el carbono al aire; como el oxígeno y el hidrógeno al agua, elementos que á primera vista parecen opuestos, y que, en realidad, componen las armonías de la vida y el conjunto de la naturaleza. Descended á vuestra conciencia, tocad vuestro corazon, examinaos en la ciencia y en la historia, y veréis cómo, siendo vuestro espíritu una evolucion de la vida superior á la naturaleza, y siendo arte, Estado, nacionalidad, encarnaciones várias de vuestro espíritu, en todo cuanto os rodea á vosotros y nos rodea á nosotros hay un elemento esencial, un elemento latino que ha formado desde nuestras artes, expresion del sentimiento, hasta nuestras lenguas, expresion de las ideas, y que si este elemento latino en otros tiempos de fatalidad nos ha unido por los impulsos de la fuerza en el seno de mutuas conquistas, hoy, en estos tiempos de razon, debe unirnos á todos los latinos, pero especialmente á los españoles y á los italianos, en el seno de la libertad y de la democracia. He dicho. (Ruidosos y repetidos y prolongados aplausos. Los asistentes saludan calurosamente al orador y le felicitan con entusiasmo.)