El fenómeno es todavía más admirable cuando el mar está agitado. Entonces son las olas las que parecen luminosas, como si no fuesen de agua, sino de fósforo líquido.

Esas luces parecen adquirir intensidad con el movimiento de las aguas: suben, bajan y se mezclan unas con otras, confusamente, formando movibles líneas de oro y plata, que se prolongan hasta las crestas de espuma, que también se hacen luminosas. Al chocar esas olas contra una costa o una escollera parece que la tierra o los escollos se incendian y de ellos se levanta una especie de niebla llameante que produce un efecto verdaderamente maravilloso.

Tal era el fenómeno que tanto había sorprendido a los náufragos del junco.

La distancia había impedido a Van-Stael darse cuenta desde el principio de lo que se trataba; pero al acercarse la chalupa a aquellos parajes lo comprendió perfectamente.

Las olas fosforescentes, rompiéndose con indecible furia contra la costa, lanzaban al aire sus espumas y salpicaduras, impregnadas de aquellos microscópicos organismos, y las cuales, mantenidas por el viento en suspenso en el aire durante algún tiempo, tomaban aspecto de niebla luminosa.

—¡Qué admirable fosforescencia!—dijo Cornelio—. ¡No he visto en mi vida cosa más hermosa!

—Y con esta tempestad resulta doblemente soberbia—dijo el Capitán—. Demos gracias a este fenómeno, que nos ha hecho descubrir a tiempo la costa australiana. Lu-Hang, disponte a arriar la vela.

—¿Esperáis encontrar un refugio en la costa, señor Van-Stael?—le preguntó el piloto.

—Lo espero; pero no estoy seguro. No sé adónde nos ha traído el temporal.

—Fuera del golfo, de seguro que no.