—¿Usan armas de fuego los papúes?
—Armas de fuego, no; pero sí flechas envenenadas con jugo del upas, y que lanzan muy diestramente con la cerbatana. También usan lanzas y ciertas hachas pesadas, que llaman parangs, con las cuales, de un solo golpe decapitan a una persona.
—No hay, pues, que jugar con esos salvajes.
—Al contrario; hay que temerles, Cornelio, y haremos bien en huir.
—Pero ¿adónde? Nos alcanzarán, señor Van-Stael—dijo el piloto—. Con esas grandes velas tienen que correr más que nosotros.
—Nos dirigiremos a la costa.
—¿A las islas del Estrecho?
—¿Estás loco, viejo lobo? Los habitantes de ellas son peores que los papúes, y nos matarían en seguida.
—¿Entonces a Nueva Guinea?
—Sí, Horn; y trataremos de no perder tiempo. Me parece que las piraguas nos ganan a andar, y si no nos apresuramos, dentro de dos horas las tendremos encima.