—¿Qué debemos hacer?—preguntaron Hans y Cornelio.
—Desplegar más la vela que tenemos, y añadir otras dos que arreglaremos con el encerado y que armaremos en sendos remos a popa y a proa: ¡Al trabajo, muchachos!
El chino, Hans y Cornelio ayudados por el viejo piloto, pusieron manos a la tarea. Como habían tenido la precaución de llevar cuerdas en la chalupa, les fué fácil sujetar firmemente a proa y a popa los dos remos, amarrándolos a las banquetas; partieron otro remo por la mitad para utilizar los trozos como vergas, y con la tela encerada y una manta hicieron las velas, atándolas por las puntas inferiores a las bordas de la chalupa.
Soplaba del Sur un viento fresco, que empujaba la chalupa. Los salvajes, que advirtieron la maniobra de sus tripulantes, lanzaron rabiosos gritos que se oyeron, aunque aún lejanos, y a poco desplegaron dos pequeñas velas triangulares más, ayudándose también con los remos.
—¡Ya lo decía yo! ¡Esa canalla quiere abordarnos!—exclamó Van-Horn al advertir esa maniobra.
—Tal vez lleguemos a la costa de Nueva Guinea antes de que nos alcancen—dijo el Capitán—. Si el viento no cede, dentro de cuatro horas llegaremos a tierra.
—Pero perderemos la chalupa—dijo Cornelio.
—Encontraremos quizá algún río, querido sobrino, y remontaremos la corriente.
—Harán lo mismo los piratas.
—Pero, escondidos nosotros en los bosques, nos será fácil ahuyentarlos.