—Me parece que a éste le faltan algunos.

—Es verdad, Hans. Los peces atacan a las olutarias y suelen comérseles los tentáculos si no consiguen retirarlos a tiempo; pero aun en ese caso no pierden para siempre los tentáculos, pues se les reproducen al cabo de cierto tiempo. Toma ahora esta bankolungan, que aún vive, y apriétala un poco entre tus manos.

El joven hizo lo que su tío le indicaba, y vió contraerse el molusco hasta reducirse a una especie de bola y lanzar primero un chorro de agua y después una materia obscura, que se le extendió por los bordes de la boca.

—Son los intestinos del molusco—dijo el Capitán anticipándose a contestar a la pregunta que iba a hacerle su sobrino—. Su contracción muscular es tan fuerte, que le hace expeler las vísceras.

—Si yo arrojase ahora al agua esta olutaria, ¿podría vivir?

—Sí; y viviría aunque le arrancaras los intestinos, pues no tardarían en reproducírsele.

—¡Qué animal tan extraño!—exclamaron los dos jóvenes en el colmo de la sorpresa.

—Pues esto es más extraño todavía—dijo el Capitán recogiendo otra olutaria, de cuya boca salía un pececillo de pocos centímetros de largo, vivo todavía.

—¿Tal vez un pez que no ha podido digerir?—preguntó Cornelio.

—No; es el compañero de la olutaria—respondió el Capitán.