—No te comprendo.
—Me explicaré mejor. Estos pececillos, no se sabe aún por qué motivo, viven en el vientre de estos moluscos. Les entran por la boca y se les pasean por dentro como si estuvieran en su casa.
—¿Y la olutaria los tolera?
—Desde luego que sí, pues con su poderosa contracción muscular podría expelerlos fácilmente, y, por el contrario, los deja en paz, como si la visita le fuera agradable.
—¡Es maravilloso!—exclamó Hans—. Y ahora dime, querido tío: ¿son tan excelentes como dicen los chinos estos moluscos?
—Tienen un sabor parecido a los calamares; pero son muy duros, y para comerlos se necesitan muy buenos dientes, porque son elásticos como la goma. A los chinos, malayos y cochinchinos les gustan muchísimo; pero nosotros los europeos preferimos otros pescados más finos y sabrosos.
—¿Y se paga caro el trépang?
—Carísimo, Cornelio. La calidad mejor se paga en los mercados chinos de veinte a treinta y cinco pesos el pikul[3]. Los hay de calidad inferior, que se pagan entre seis y diez pesos.
—Debe de ser muy buen negocio para los pescadores.
—No siempre, Hans, porque las olutarias, lo mismo que las ballenas, van ya escaseando. En estas islas, que antes eran riquísimas en moluscos, hay ya muchos menos, por la incesante pesca que de ellos se hace. Es una verdadera guerra de exterminio, especialmente por parte de los barcos europeos y americanos.