—Dándoles una acometida.
—Nos acribillarían a flechazos, y ya sabéis que sus flechas están emponzoñadas.
—¿Y si se prolonga el asedio?
—Confiamos en que se cansarán, señor Cornelio.
—Pero la sed comienza ya a mortificarnos, Horn.
—Resistiremos lo que se pueda.
—¡Ah, si se dejaran ver!
—Ya saben ellos lo que hacen permaneciendo escondidos.
—Vamos a ver si los obligamos a salir de su escondite, viejo Horn. Estoy viendo moverse algo en aquel matorral. De seguro hay allí un centinela.
Armó el fusil e hizo fuego; pero los piratas respondieron con una granizada de flechas, sin descubrirse. Sólo algunas llegaron, ya sin fuerza, hasta la casa; las otras se quedaron a medio camino.