—No se mueven, Van-Horn—dijo el joven, irritado.

—Ya lo veo, señor Cornelio. Saben que somos diestros tiradores, y huyen de nuestras balas; así que en vez de desperdiciarlas, creo que debemos almorzar.

—Será muy frugal nuestro almuerzo, Horn.

—Yo tengo tres galletas.

—Y yo dos.

—¿Y vos, Capitán?

—Mi pipa.

—Pues nosotros, ni eso—dijeron Hans y el chino.

—Pues no moriremos de una indigestión, de seguro—dijo el piloto, que no perdía su buen humor.

Se repartieron fraternalmente las cinco galletas, que desaparecieron en dos bocados, y después, tendiéndose sobre las esterillas, se entregaron al sueño bajo la vigilancia del piloto, pues habían pasado la noche en constante alarma.