—Tú, Horn. Tú puedes conducir muy bien una chalupa hasta más allá del Timor. Pero aún no me han matado esos tunos, ni creo que lo consigan.

—Deja que vaya yo, tío—dijo Cornelio—. Corro como un ciervo, y si los piratas me siguen les haré que revienten antes de alcanzarme.

—No, sobrino mío; no quiero... ¡Ah!

Van-Stael se había vuelto de pronto hacia el sitio que en el bosque ocupaban los piratas, poniéndose pálido.

—¿Qué has visto, tío?—preguntaron con ansiedad Hans y Cornelio, montando los fusiles.

—He visto brillar una llama en las tinieblas.

—¿Dónde?—preguntaron todos.

—Hacia el bosque.

—¿Tratarán los piratas de incendiarnos la casa?—preguntó Van-Horn.

—Me lo temo—respondió el Capitán.