—Veo a los piratas que avanzan hacia nosotros—dijo Cornelio.
—¡Preparad las armas! Si prenden fuego a los horcones de la casa, estamos perdidos: ¿los ves, Cornelio?
—Están ocultos detrás de aquellas matas. ¡Ah!
Una cosa que ardía se elevó del sitio señalado y vino a caer, lanzando chispas, en la parte anterior del corredor. Cornelio, exponiéndose a caerse o a recibir un flechazo, salió al corredor y arrojó todo lo lejos que pudo aquel objeto encendido, antes de que prendiera fuego en las viguetas.
—¡Es una flecha!—gritó.
—¿Una flecha?—repitió el Capitán.
—Sí, una flecha; pero con un algodón ardiendo en la punta.
—¡Ah, pillos!—exclamó Horn—. Quieren quemar la casa sin acercarse.
Otra flecha inflamada partió de entre la maleza y se clavó en la pared de la choza, amenazando incendiar las esterillas de fibras y las hojas resecas. Hans logró arrancarla y apagar el algodón que llevaba en la punta.
—¡Si estimáis en algo la vida y no queréis morir asados, romped el fuego!—ordenó el Capitán—. Hay que espantar de aquí a los piratas, o no tardaremos en vernos envueltos en llamas.