Llegaron a tierra y se alejaron a toda carrera en dirección opuesta a los piratas. Sólo se detuvieron cuando llegaron al lindero del bosque.

La casa aérea seguía ardiendo y amenazaba desplomarse de un instante a otro. Las llamas subían, bajaban y se enroscaban como serpientes, lanzando al aire nubes de humo y constelaciones de chispas.

El techo se había hundido; las dos plataformas, ya casi destruídas, caían a pedazos, y los bambúes, consumidos en su extremidad superior y en su punto de apoyo, se venían al suelo con gran estrépito.

—¡Ya era tiempo!—exclamó Cornelio—. Pocos minutos más, y hubiéramos caído al suelo medio quemados, desde una altura de cincuenta pies.

—¿Pero por qué han huído los piratas, cuando ya nos tenían en sus manos?—preguntó Hans.

—Por el lado del río ocurre algo grave—dijo el Capitán—. ¿No oís voces?

—Sí; parece que se está riñendo allí una batalla—dijo Horn—. ¿Habrán sido atacados los piratas?

—Pero ¿por quién?—preguntó Hans.

—Por alguna tribu enemiga—respondió el Capitán—. Como os he dicho, los habitantes del interior están en continua guerra con los de la costa.

—Pues el ataque no ha podido ser más oportuno para nosotros—observó Cornelio—. ¿Oís?