Hacia el río se oía terrible clamoreo: eran gritos feroces, más de fieras que de seres humanos, y de vez en cuando sonaba un ruido como de tambor u otro instrumento análogo. Debía de estarse combatiendo allí encarnizadamente.
—No hay duda... es un combate—dijo el Capitán—. Alguien ha caído sobre los piratas por la espalda: quizás hayan sido los arfakis o los alfuras.
—¿Y los vencedores vendrán luego a atacarnos a nosotros?—preguntó Cornelio—. Las llamas de esa choza puede atraerlos, tío.
—Tienes razón; alejémonos de aquí cuanto antes, y dejémosles matarse a su gusto.
—¿Y la chalupa?—preguntó Van-Horn.
—Volveremos a buscarla cuando podamos.
—¿Y la encontraremos entonces?
—Confiemos en que no hayan dado con ella los piratas. Si la descubrieran, sería para nosotros un verdadero desastre.
—Como que no podríamos salir de esta tierra ni llegar a Timor.
—Vamos, amigos, antes de que lleguen los piratas o sus adversarios. Busquemos un arroyo para beber y frutas con que calmar el hambre.