—¡Estamos perdidos!—exclamó el piloto.

En efecto, la chalupa ya no estaba allí. Aunque había sido perfectamente escondida entre las yerbas y luego recubierta de ramas y de hojas, o los piratas o sus enemigos la habían encontrado y se la habían llevado. Los víveres y los demás objetos que contenía habían desaparecido igualmente. Sólo habían dejado allí un remo roto y, por lo tanto, inservible, y algunos trozos de cuerda.

—¿Y qué hacemos ahora?—se preguntó Van-Stael que parecía anonadado.—¿Quién nos llevará ahora a Timor? ¡Miserables! ¡Hasta los instrumentos náuticos nos han robado!

—¡No nos han dejado ni siquiera una galleta!—dijo Cornelio.

—¡Qué desastre, si no hubiéramos tenido la precaución de llevarnos las municiones!—dijo Van-Horn.—Por fortuna nos quedan aún setecientos u ochocientos cartuchos, y teniendo armas no se muere uno de hambre en este país.

—Y sin chalupa, ¿cómo podremos volver nunca a nuestra isla?—dijo Hans.

—¿Y dónde nos encontramos ahora, Capitán?—dijo Horn.

—¿Qué nos importa estar en un punto o en otro?—Todos están igualmente lejanos de Timor para nosotros—replicó Van-Stael.

—Yo creo que nuestra situación no es desesperada, Capitán, y que con un poco de valor lograremos salir de este trance. Por eso quería saber si estamos muy distantes de Dory.

—¿Del puerto de Dory?—preguntó el Capitán, en cuyos ojos brilló un relámpago de esperanza.