Bajaron a la orilla del río y se fueron costeando el bosque, avanzando siempre con mil precauciones, pues no estaban seguros de que aquel sitio estuviera desierto.

A medida que se acercaban al teck, que crecía en la orilla bañando sus raíces en el río, aumentaban sus inquietudes, y sus miradas se fijaban angustiosas en las plantas y en las yerbas para descubrir el lugar en que habían escondido la chalupa.

No llevaban mucho tiempo explorando, cuando Cornelio, que caminaba distante, se detuvo.

—Tío—dijo con voz alterada—. Creo que nos han robado la chalupa. El montón de ramas con que la tapamos debía estar aquí, y no lo veo.

—¿Será posible?—exclamó Van-Stael palideciendo.

Adelantóse; examinó con gran atención el lugar en que se encontraban, entreabriendo las malezas, y acabó lanzando una exclamación de ira.

—¡Infames!

—¿La han robado?—preguntaron acercándose Hans, Cornelio y Van-Horn.

El Capitán les indicó, con un ademán de desesperación, las ramas esparcidas por el suelo.

—¡Ah, ladrones!—rugió Cornelio, pálido de ira.