Horn y los tres jóvenes, muy alarmados, salieron también armados de sus fusiles. Los ladridos continuaban a intervalos regulares, pero sin acercarse.

—Es imposible que sean los papúes—repitió el Capitán, que no apartaba la vista del bosque.

—¿Por qué?—le preguntó Cornelio.

—Porque nunca han tenido perros, ni aquí los hay.

—Sin embargo, esos son ladridos de perro, tío.

—¿Habrá en el bosque algún cazador europeo?—exclamó Van-Horn.

—¿Aquí, en esta selva tan alejada de los puertos que frecuentan los buques?

—Algún explorador, señor Stael.

—¡Hum! Lo dudo, Van-Horn.

—¿Y cómo puede haber aquí un perro sin amo?