—Pero ¿será un perro?

—¿Y qué puede ser? Esos son ladridos.

—Es que si fuera un perro ya estaría aquí, y esos ladridos ni se acercan ni se alejan.

—Es verdad, Capitán.

—Tened dispuestas las armas, y vamos a aclarar este misterio.

Manteniéndose ocultos entre la maleza para no recibir a mansalva una lluvia de flechas envenenadas, entraron en el bosque, que estaba oscuro, pues ya iba a ponerse el sol. Su sorpresa llegó al colmo cuando notaron que los ladridos venían de lo alto.

—¡Calla!—exclamó Cornelio—. ¿Un perro en las ramas de un árbol? ¿Cómo explicar esto, tío?

El Capitán, en vez de responder, lanzó una carcajada.

—¿De qué te ríes?—le preguntaron Hans y Cornelio.

—Es que el caso es para reirse, muchachos—les dijo—. ¿Queréis ver al pretendido perro? Mirad entre las ramas de aquel durión.