—Cortemos un trozo de él, por lo pronto, y volvamos al lado del Capitán.
—¿No se comerán las fieras el resto?
—Hay pocas fieras en Nueva Guinea, si es que hay algunas, señor Cornelio. Algunos dicen que hay tigres; pero no es seguro.
—Sí; pero hay pitones, cocodrilos...
—No hay que temer. Regresemos, señor Cornelio: estamos lo menos a tres millas de donde salimos y podemos extraviarnos.
—¿No tienes brújula?
—No; se la dejé al Capitán.
—Entonces, apresurémonos, Horn. Mi tío puede inquietarse.
El piloto descuartizó con su hacha al babirussa; cargó con un costillar, y junto con Cornelio, emprendieron la vuelta hacia donde habían quedado sus compañeros. Por desgracia, se habían olvidado de señalar los lugares por donde habían ido pasando, y para colmo de desventura, las manchas de sangre que a su paso dejara el animal no eran visibles en aquel caos de vegetales. Anduvieron muchísimo inútilmente. El bosquecillo de nueces moscadas no parecía.
Detuviéronse muy inquietos.