Dos disparos resonaron a un tiempo. Cayeron dos de aquellos hombres, y los otros, espantados de aquel ruido, que no habían oído hasta entonces, y de la muerte súbita de sus compañeros, dieron a huir a todo correr lanzando gritos de terror.
Cornelio atravesó de un salto la línea de fuego, arrancó de las espaldas del espantado prisionero, las hojas encendidas, y con sus robustos brazos le sacó de allí colocándole al pie de un árbol.
—No temas—le dijo desatándole las manos.
—No nos detengamos aquí, señor Cornelio—dijo Horn—. Los salvajes pueden tener otros compañeros acampados por estos contornos y volver en mayor número.
—¿Y quieres abandonar a este pobre diablo?
—Si no está reñido con su pellejo, vendrá con nosotros.
—Gracias—dijo el papú en perfecto holandés.
—¡Calla!—exclamó Cornelio, admirado—. ¡Conoce nuestra lengua!
—No me admira—dijo Horn—. Nuestros compatriotas vienen mucho por estas islas.
—¿Quieres seguirnos?—preguntó Cornelio al papú.