Este no respondió, pero le miró como diciéndole: explicaos.
—No puede saber muchas palabras—dijo Horn—. Mejor comprenderá el malayo, idioma que se habla en la costa occidental de la isla.
Repitió la pregunta en dicha lengua, y al punto obtuvo respuesta.
—Soy vuestro esclavo: os seguiré donde queráis.
—Nosotros no tenemos esclavos—respondió Van-Horn—: serás nuestro amigo. Síguenos.
Partieron a la carrera precedidos por el papú, el cual les abría camino apartando con cuidado las ramas y los bejucos que podían molestar a sus salvadores.
Aunque ya no se oían los gritos de los arfakis, siguieron corriendo durante una hora, internándose cada vez más en la tenebrosa selva.
Detuviéronse a descansar en medio de un matorral de plantas trepadoras.
—¿Crees que nos seguirán tus enemigos?—preguntó Horn al papú.
—Están amedrentados por las armas de fuego—contestó el interpelado.