—¡Allí!—gritó señalando al piloto el lindero de la gran selva.

—¿Qué has visto?—le preguntó Horn, que tuvo un momento de esperanza—. ¿Hombres blancos, quizá?

—No; pero venid.

Cornelio y Hans lo siguieron, llegando hasta un grupo de enormes duriones. Allí, con gran angustia, vieron en el suelo algunos panes de sagú pisoteados, balas de fusil, un pedazo de paño que reconocieron como perteneciente al traje del Capitán, y el sombrero del chino; observaron, además, algunas flechas clavadas en los troncos de los árboles, una maza medio rota y cuerdas de fibras de rotang.

—¿Qué ha pasado aquí?—exclamó Cornelio con voz ronca.

—¡Aquí ha habido un combate!—respondió Horn mesándose el cabello—. ¡Los salvajes han acometido a nuestros compañeros!

—¡Y tal vez mi tío, mi hermano y el chino han sido muertos!

—¡No!... ¡Esperad!...

El piloto se precipitó entre la yerba y recogió un trozo de carta arrugado, que había al pie de un árbol. En él se veían algunas palabras escritas con el zumo de una planta.

—Leed, señor Cornelio—le dijo, intregándole el pedazo de papel.