—Hemos naufragado en estas costas, arrojados por la tempestad, y trataba de llegar al río Durga, para luego ir a las islas Arrú y desde allí volver a mi patria.

—¿Y no has visto a los arfakis?

—Ni a uno siquiera.

—¿Qué es lo que ha ocurrido a mi hijo?

—¿Pero cómo quieres que lo sepa?

—¿Son amigos tuyos los arfakis?

—Si los hubiera encontrado, me habrían comido.

—No te creo: serás mi esclavo, hasta que encuentre a mi hijo.

—Como quieras. ¿Dónde está tu aldea?

—En la orilla del río Durga.