El Capitán y sus compañeros tuvieron que hacer peligrosos ejercicios gimnásticos para andar por aquellos puentes y corredores, cuyos pisos eran muy semejantes a los de la casa aérea de que atrás hablamos. Varias veces estuvieron a punto de caerse, pero sus guardianes les ayudaban a seguir, acostumbrados como estaban aquellos salvajes a caminar por tales suelos sin poner jamás el pie en falso. La única ventaja de aquel sistema de pavimentos consiste en que, sin necesidad de escobas, está siempre limpio de inmundicias.

—¿Y ahora, qué vas a hacer de nosotros?—preguntó el Capitán al jefe, cuando se vió dentro de la estancia junto a sus compañeros.

—El consejo de los ancianos de la tribu decidirá de vuestra suerte—respondió el salvaje—. Si habéis matado a mi hijo, moriréis.

—¡Qué testarudo!—exclamó el Capitán, impaciente.—¡Te he dicho que no somos enemigos tuyos!

—Todos los hombres de tu raza son enemigos míos.

—Otros, sí; nosotros, no.

—Es igual; todos sois lo mismo.

—¡Pero si yo no he visto a tu hijo!

—Lo habrán matado los arfakis, tus aliados.

—¡Eres un canalla!