—¿Dónde están? ¡Quiero verlos!
El papú corrió por la terraza, y entró en la estancia donde se hallaban el Capitán, Hans y el chino.
Avanzó hacia ellos, y con un gesto que no carecía de nobleza les dijo:
—¡Sois libres, y huéspedes gratos del jefe Uri-Utanate!
—Pero ¿quiénes son éstos?—le preguntó el jefe, que lo había seguido—. ¿No son enemigos nuestros?
—No, padre. Son hermanos de los hombres blancos que me arrancaron de las manos de los arfakis, cuando iban a matarme.
En aquel instante Cornelio y Van-Horn se presentaron en la puerta.
—¡Tío!
—¡Sobrino!