El jefe papú se había precipitado fuera de la habitación empuñando su maza, temeroso de que fuera asaltada la aldea. Poco después dió un grito de alegría.

—¡Uri! ¡Uri!—decía, corriendo a través de las terrazas, donde se había agolpado la población entera.

Un papú, seguido por dos hombres blancos, cruzó el puente y corrió al encuentro del jefe, rápido como una flecha.

—¡Padre!—exclamó.

El jefe, que estaba muy conmovido, lo estrechó contra su pecho, diciendo:

—¡Vivo!... ¡Vivo mi hijo!...

—Sí, padre. Los arfakis, como ves, no me pudieron matar.

Luego, dirigiendo una mirada alrededor, preguntó a su padre:

—¿Has hecho prisioneros a unos hombres blancos?

—Sí—respondió el jefe.