—¿Tienes miedo?
—¿Miedo?... ¡No, tío!...
—Toma el fusil, y vamos a ver.
—¿Vas a ir hasta allí?
—No; pero quiero explorar los contornos para asegurarme de que no hay nadie y tranquilizar a nuestros chinos. Si estos cobardes se amedrentan nos estropearán nuestro negocio de la pesca.
—¿Y Van-Horn?
—Se quedará aquí con Hans, para evitar que los chinos huyan.
—Vamos, tío; mi fusil está cargado.
Van-Stael mandó avisar al viejo Van-Horn lo que ocurría y luego se encaminó a las rocas que circundaban la bahía, seguido del joven, que no daba las menores muestras de miedo.
Habíase puesto la luna hacía algunas horas, y la noche estaba obscurísima; pero el misterioso fuego, que seguía brillando en la altura, bastaba para guiarles, sin temor de extraviarse.