Avanzando cautelosamente para no caer en alguna emboscada, el Capitán y Cornelio llegaron bien pronto al pie de las primeras rocas, y las escalaron con no poco trabajo, por ser muy escarpadas. Echaron una ojeada desde la cima a la vertiente opuesta. Extendíase ante ellos un pequeño llano ligeramente ondulado, con algunos grupos de árboles esparcidos acá y allá. Como a dos millas hacia el Este comenzaba otra vez a levantarse el terreno, formando como un semicírculo en torno del llano.
Seguía viéndose el fuego en la cima más alta. En aquel momento era extenso y muy vivo, pareciendo que lo producían árboles o malezas ardiendo.
—¿Ves algo?—preguntó el Capitán al joven.
—Me parece distinguir hombres moviéndose ante aquella cortina de llamas—respondió Cornelio.
—Yo también percibo sombras obscuras que se mueven.
—¿Serán salvajes o monos?
—En Australia no hay monos, y además estos animales no saben encender fuego. ¿Oyes algo?
—Los gritos de los warrangal solamente.
—¿Intentarán acaso asustarnos estos salvajes?—dijo Van-Stael—. ¡Pues buen chasco se llevan si piensan que vamos a marcharnos de aquí antes de acabar la campaña de la pesca! Porque si nos atacan estoy decidido a hacerles frente.
—¿Qué hacemos ahora, tío?