—Seguir adelante. Es preciso demostrarles a estos caníbales que no les tenemos miedo.
—Estoy dispuesto a seguirte.
—Te advierto que tal vez tengamos que disparar los fusiles.
—Ya sabes que soy buen tirador.
—Lo sé; eres el más hábil de todos nosotros. ¡Vamos, querido sobrino!
Bajaron por la pendiente opuesta a la que habían subido. Cornelio, más ágil y diestro que el Capitán, iba delante, buscando los pasos más fáciles a través de las peñas y saltando de una en otra sin vacilar.
Cuando hubieron llegado al llano se detuvieron, mirando atentamente en torno suyo; pero no vieron nada sospechoso. Extendíase allí un lagunato, cuyas orillas estaban cubiertas de mulghe, césped fortísimo que suele alcanzar hasta quince pies de altura, y de marras, o madres de las lianas, como también se las llama por su desmesurado tamaño.
—No sigas, Cornelio—dijo el Capitán—. Entre estas plantas pueden esconderse salvajes.
—Pero harían algún ruido, y yo no oigo nada, tío.
—Es que me parece haber visto moverse aquel lys real.