—¿Qué es eso?
—Hablo de aquella planta que se eleva a unos veinticinco pies de altura.
Cornelio miró en la dirección indicada, y a los primeros resplandores del alba descubrió, a treinta pasos de un grupo de mulghe, una alta vara, terminada en una flor de espléndido aterciopelado, que debía de tener por lo menos un metro de diámetro.
Aunque no soplaba la menor ráfaga de aire, aquella flor oscilaba como si alguien la moviera o acabara de moverla.
—Es verdad, tío—le dijo, armando rápidamente el fusil—. Algún salvaje ha pasado por allí.
—Es muy probable que nos espíen, Cornelio.
—Iré a registrar los mulghe.
—¿Estás loco, sobrino mío? ¿Quieres que te claven una azagaya en el pecho o que te aplasten el cráneo con el bomerang?
—¿Qué es eso del bomerang?
—Es un proyectil que no falla nunca cuando es un australiano el que lo maneja. Consiste en una estaca ligeramente curvada, que se lanza a brazo y que va volteando por el aire. Los australianos la manejan con singular destreza y no dejan de atinar nunca a bastantes pasos de distancia. Quizás tengamos ocasión de conocer esa arma arrojadiza... Pero... ¡Calla!... ¡Esto sí que es raro!