Iba el Capitán a responder, cuando dos bultos se levantaron bruscamente a pocos pasos de aquellas plantas y emprendieron rápida carrera hacia la llanura; pero a saltos, como si fueran ranas gigantescas.
—¡Una pareja de kanguros!—exclamó Cornelio.
Apuntó rápidamente a los dos animales, que se alejaban velocísimamente; pero Van-Stael le bajó el brazo, diciéndole:
—Deja tranquilos a los kanguros, que tienes necesidad de tus balas para otros enemigos más temibles.
—¿Qué quieres decir?
—Que los australianos están delante de nosotros.
—¿Dónde? Yo no los veo.
—Detrás de las matas que andan.
—¡Oh!
—Sí, Cornelio. Esos tunos, para alejarnos de nuestro campamento, o tal vez para que caigamos en una emboscada, han arrancado esas plantas y las tienen en las manos con una habilidad sorprendente. No es un recurso nuevo para esta gente, ahora que me acuerdo.