El matorral de que hablaban estaba formado por veinte o treinta matojos puestos en fila, y distaba menos de cien pasos de ellos.

—Pues yo, tío, voy pronto a aclarar ese misterio.

Y avanzando con el fusil amartillado hacia el matorral, observó con asombro que iba retrocediendo, de manera que lo tenía siempre a igual distancia delante de sí. ¿Era un engaño de la vista o aquellas plantas estaban dotadas de movimiento?

El joven, en el colmo de la sorpresa, apretó el paso; pero la distancia no disminuía, sino que más bien aumentaba.

—¡Tío!—exclamó—. ¡Estas matas huyen!

—Lo veo—respondió el Capitán, que le había seguido y que tampoco podía ocultar su sorpresa.

—¿Conoces tú plantas que anden?

—No las conozco.

—Ni yo tampoco, ni tengo noticia de que los naturalistas hayan encontrado plantas con patas.

—Y ¿qué deduces de eso?