—Nada extraño sería. Los mismos motivos que han tenido para abandonar ésta tienen que inducirlos a soltar la otra.

—¡Silencio!—dijo Cornelio.

—¿Qué hay?

—No oigo más los gritos de los salvajes, tío.

—¿Habrán ya llegado al bosque?

—¿Habrán advertido que los seguimos?

—Preferiría que volviéramos a la playa, ahora que tenemos una caldera. Podríamos muy bien pasarnos sin la otra.

—¡Oh, oh!—exclamó Van-Horn—. ¡A tierra todo el mundo!

Oíase en el aire un extraño ruido que se acercaba rápidamente. Los cuatro holandeses se dejaron caer al suelo, aunque Hans y Cornelio ignoraban el peligro que les amenazaba.

Poco después, a pocos pasos de ellos, oyeron un ligero golpe, como si un cuerpo duro hubiera tocado contra el suelo. Después volvieron a oír un ruido semejante; pero esta vez alejándose.