—Es un bomerang—dijo Van-Stael—. Esos tunos se han dado cuenta de que los seguimos.

—¿Es uno de esos palos ligeramente curvados, de que me hablaste?—preguntó Cornelio.

—Sí, y hubiera podido rompernos la cabeza a cualquiera de nosotros.

—Me parece que ha vuelto atrás después de tocar al suelo.

—Ha vuelto a la mano del hombre que lo lanzó.

—¿El bomerang?

—Sí, Cornelio. El bomerang, que es sencillamente un palo de unos tres pies de largo, algo redondo en uno de sus extremos, es un arma sorprendente; pero que sólo los australianos saben manejar. Lo lanzan hacia adelante, y después de dar en el punto a que lo dirigen, vuelve a sus manos, describiendo en el aire una curva parecida a una parábola. Si tiene ese hecho su razón en la forma especial del bomerang, o en la manera de arrojarlo, o en ambas cosas a la vez, no se sabe a ciencia cierta.

—¿Estará muy lejos el salvaje que lo ha lanzado?

—A cincuenta o sesenta pasos. ¿Distingues algo?

—Está tan obscuro, que no se ve a un hombre a quince pasos de distancia.