Todo se había ya perdido, pues la tripulación había sido aniquilada.

Habría sido, pues, una verdadera locura y un sacrificio inútil entablar combate con enemigo tan numeroso.

—¡Dejadme ir a tierra!—exclamaba el pobre Capitán, mesándose el cabello—. ¡Dejad que vaya a vengar a mi tripulación!

—¿Para haceros matar, señor?—respondía el viejo piloto—. No; hemos hecho todo lo posible por salvarlos, y no debéis seguir exponiendo vuestra vida ni la de vuestros sobrinos.

La chalupa, después de atravesar la bahía, llegó hasta el junco, que había sido abandonado por la tripulación en masa. Subieron al puente, izaron la chalupa para impedir que los salvajes se apoderasen de ella y colocaron la lantaca en el castillo, cargándola de metralla.

—Señor—dijo Van-Horn, acercándose al Capitán, que dirigía miradas feroces sobre los salvajes, esparcidos por la playa—. Creo que nada tenemos ya que hacer en esta bahía.

—¿Qué quieres decir, Horn?

—Que lo mejor sería desplegar velas y hacernos a la mar, antes de que los salvajes encuentren el medio de intentar el abordaje del junco.

—¿Y pretendes que abandone a los chinos?

—No habrán dejado uno vivo, señor. Mirad: encienden grandes hogueras en la playa.