—Es que no debemos dejarles que se los coman tranquilamente, Horn. Tenemos aún una lantaca y nuestros fusiles.

—Y los salvajes se parapetarán detrás de las rocas, poniéndose así a cubierto de nuestras balas.

—¿Y crees tú que los chinos hayan muerto todos? ¿Habrá alguno vivo?

—Se le oiría gritar o lo veríamos. Los caníbales están todos en la playa y en medio de ellos no veo más que muertos.

—Es verdad—murmuró Van-Stael con amargura—. Los han matado a todos y me han inutilizado todo el trépang. ¡Qué pérdida, Van-Horn!

—Nosotros no tenemos la culpa de que se hayan emborrachado nuestros marineros, señor. Si no se hubieran aprovechado de nuestra ausencia para abandonarse a sus instintos rapaces, todos estarían vivos y a bordo de este buque.

—Es verdad. Nosotros lo hubiéramos intentado todo por salvarles. Pero ¿qué dirá nuestro armador al vernos regresar sin olutarias y sin tripulación?

—Peor caso es el de muchos otros pescadores, que perdieron los buques y la vida.

—Es cierto, Van-Horn.

—Partamos, señor. Sólo somos cinco y los antropófagos son, por lo menos, cuatrocientos. Si nos abordan estamos perdidos.