¡Cooo-mooo-eee!

—¡Mil truenos!—exclamó el Capitán, arrugando la frente—. ¡El instinto no me engañaba!

—¿Es el grito de los trépang?—preguntó Hans.

—Los trépang no gritan.

—¿Es, acaso, algún otro animal?—dijo Cornelio.

—Peor todavía. Es el grito de alarma de los australianos.

—Pues yo no los veo.

—No importa; ellos nos han visto—dijo el Capitán, que se había quedado pensativo.

—¿Y temes que nos ataquen?

—Ahora, no; pero temo por los chinos. Como sepan que hay australianos caníbales en la playa, no querrán desembarcar.