—Capitán Van-Stael, ¿habéis oído?—dijo el viejo marino que había entregado a un chino la caña del timón.
—Sí, viejo mío; pero no renunciaré a la pesca. La bahía está llena de trépang, y no quiero perder una carga que puede valernos veinte mil duros.
En seguida, enderezándose sobre el castillo de proa, gritó:
—¡Abajo las anclas y las velas!
En aquel momento se oyó salir de entre las escolleras de la playa el mismo grito de antes.
—¡Cooo-mooo-eee!
—¡Todavía!—exclamó el Capitán—. ¿Es una amenaza, o estos tunos tratan sólo de asustar a mis hombres?
—Es un grito de llamada, Capitán—dijo el viejo Van-Horn.
—¿Habrá alguna tribu acampada por estos contornos?
—Ya sabéis que en la temporada de la pesca estos salvajes acuden a la costa con la esperanza de proporcionarse carne humana. El año último las tripulaciones de tres juncos fueron devoradas por los salvajes del cabo York.