—Subamos, Van-Horn.

Abandonaron la estiba y subieron a cubierta, asomándose por la amura de babor. Sólo entonces advirtieron que la nave estaba ligeramente inclinada y que su carena se apoyaba a estribor sobre un banco de arena cubierto por media braza de agua.

—Estamos embarrancados—dijo el Capitán, secándose el frío sudor que le bañaba la frente—. ¿Baja la marea?

—Sí, Capitán.

—¿Qué hora es?

—Las once.

—Dentro de cuatro horas será la pleamar. Esperemos con confianza que nos ponga a flote.

—¿Y si no llega la marea a desencallarnos?

—Tenemos la chalupa y nos encomendaremos a Dios y a las olas.

VIII.—EL GOLFO DE CARPENTARIA