ENTRE tanto, los australianos seguían en la playa. No contentos con haber matado a la tripulación china ni con haberse apoderado de los depósitos de trépang, que debían proporcionarles abundantes comilonas, parecían querer apoderarse también de los últimos supervivientes y del junco, creyéndolo cargado de víveres, y, sobre todo, de licores.

Se agitaban vociferando alrededor de las escolleras; medían con sus azagayas la profundidad del agua, esperando encontrar bancos que llegaran hasta el junco, y disparaban sus bomerangs sin resultado alguno, porque aquellos proyectiles no llegaban a su destino, a causa de la distancia, que era de unos dos cables.

Sin embargo, no parecían dispuestos a alejarse, y seguían dando desaforados gritos y blandiendo sus armas en son de amenaza.

Hans y Cornelio no estaban inactivos, y de vez en cuando disparaban contra los más audaces, y sus balas no se perdían, pues a cada disparo veían caer en la playa a un salvaje para no levantarse más. La lantaca se hacía oír también de rato en rato, y la metralla destrozaba las flacas espaldas o los vientres abultados de aquellos salvajes.

—Dejadles que griten a su gusto—dijo el Capitán—. Por ahora no se atreverán a atacarnos. Ocupémonos, pues, en poner el junco a flote, sobrinos míos.

—¿Qué debemos hacer, tío?—preguntaron los dos incansables jóvenes.

—Ante todo, echaremos un ancla a popa para impedir que una ola empuje al junco hacia la playa. Esto no ocurrirá, porque estamos demasiado bien encallados; pero nunca están demás las precauciones.

—Tenemos todavía un ancla—dijo Van-Horn—. Será suficiente para sujetar el barco.

—Luego desplegaremos velas para estar dispuestos a dejar esta bahía apenas estemos a flote.

—Se puede aligerar la nave, Capitán—dijo el piloto—. Tenemos en la estiba más de veinte barriles de agua y quince toneladas de lastre.