—Lo echaremos todo al agua. Que uno de nosotros vigile en el puente, al lado de la lantaca, para que no nos sorprendan los feroces antropófagos.

—Dejaremos a Lu-Hang—dijo Cornelio.

—¿A ése?—exclamó el Capitán arrugando el entrecejo.

—Podéis fiaros de mí, señor—dijo el pescador cayendo de rodillas—. No soy un traidor, os lo juro, y os serviré fielmente.

—Te creo. Está bien; colócate junto a la lantaca y si los australianos se arrojan al agua haz fuego contra ellos.

—Gracias, Capitán—respondió el chino—. Me haré matar si fuera preciso; pero ninguno de esos malditos negros se acercará al junco.

—Pues vete a tu puesto, y en cuanto a nosotros, pongamos manos a la obra.

Los cuatro bajaron a la estiba y fueron trasladando los barriles al pie de la escotilla para subirlos después a la cubierta.

Habían separado apenas tres, cuando advirtieron que todo el lastre estaba mojado.

—¡Calle!—exclamó el Capitán—. ¿Qué quiere decir esto? ¿Se ha roto algún barril o hace agua el junco?