—Todos los barriles están en perfecto estado, señor—dijo Van-Horn.

—¿Se habrá abierto una vía de agua?

—Imposible, Capitán. No hemos tocado contra ninguna roca y el junco fué muy bien carenado al emprender el viaje.

—Es cierto; pero tú sabes que las naves chinas no suelen estar muy bien construídas.

—Tal vez se trate de una simple filtración—dijo Van-Horn—. Tenemos bomba a bordo y luego la haremos funcionar.

—Subid y echad la cuerda—dijo el Capitán a Cornelio y Hans.

Los dos hermanos echaron desde cubierta a la estiba dos gruesas maromas suspendidas de una garrucha. El primer barril fué izado y arrojado al agua, y la misma operación continuaron haciendo con los demás barriles y con la arena del lastre.

Mientras los cuatro holandeses efectuaban tan penosa maniobra, el chino vigilaba con atención. Era el más joven de los pescadores que embarcaron en el junco, pues sólo tenía diez y ocho o diez y nueve años; pero era uno de los más hábiles y nadaba como un pez.

Nacido en Boccatigris, islote próximo a la boca del río Li-Kiang o "de las Perlas", en cuyas orillas está la ciudad de Cantón, se había embarcado muy joven, y hacía ya tres años que estaba a las órdenes del capitán Van-Stael, el cual supo bien pronto apreciar sus méritos.

Era un perfecto ejemplar de la raza mongólica. Aunque de estatura mediana, era vigoroso. Tenía la piel amarilla, los pómulos salientes, los ojos oblicuos y los labios algo pronunciados. Llevaba la cabeza rapada y adornada con la larga trenza que usan todos los súbditos del Imperio Celeste.