—Veo que ya no te dan miedo, viejo Horn—le dijo Cornelio.
—Ni antes me lo daban tampoco; pero esa canalla puede jactarse de haber hecho una buena presa. ¡Pobres chinos!... A estas horas estarán comiéndose sus cuerpos los caníbales; pero la culpa no ha sido nuestra. Si no se hubieran emborrachado todos estarían a salvo a bordo del junco.
—¿Y lograremos nosotros llegar a la costa de Timor?
—¿Y por qué no, señor Cornelio? Somos cinco solamente; pero las maniobras de nuestras velas no requieren muchos brazos, y, además, atravesado el estrecho de Torres, nada tendremos que temer, porque sólo en ese brazo de mar, sembrado de bancos coralíferos y de bajíos, hay algún peligro.
—¡Quiera Dios que no nos sorprenda alguna tempestad! ¡Mira hacia allá, Horn! ¿No ves las nubes que se elevan a la extremidad del golfo?
—Es verdad, señor Cornelio—dijo el marino arrugando la frente—. Esta noche tendremos viento fuerte; pero el junco parece sólido y está ya probado en varias tempestades.
—No digo lo contrario; pero si al encallar ha quedado algo resentido ... Tú sabes muy bien que la carena de estos barcos no es tan segura como la de los europeos.
—También eso es verdad, señor Cornelio. Todos los juncos chinos, lo mismo los grandes, que llaman ts-as-ch'wan, que los pequeños, o towmang, o que los de solo un palo, o ta-yü-ch'wang, suelen estar mal construídos. Muchos de ellos, a lo que se dice, no pueden afrontar los peligrosos bajíos del mar de la China. Aun se añade que sólo el departamento marítimo de Cantón pierde anualmente sobre diez mil marinos a causa de la mala construcción de los barcos chinos.
—Lo cual no es nada halagüeño para nosotros, tripulantes del Hai-Nam.
—Ya os he dicho que nuestro junco es de los mejores, y que tiene muy buena arboladura y que la maniobra puede hacerse muy fácilmente. Vuestro tío no habría consentido en tomar el mando de una almadía.