—¡Eh, Van-Horn!—gritó en aquel momento el Capitán, que seguía en el timón—. ¿No te parece que el junco está algo tumbado de estribor?
El marino, sorprendido por aquella pregunta, miró al puente y se convenció de que, en efecto, el barco estaba inclinado de estribor, cuando, por la posición de las velas, debiera inclinarse del lado contrario.
—¡Esto es raro!—exclamó—. Si llevásemos carga se diría que estaba mal estibada, pero no hay siquiera una tonelada de lastre.
—¿Y qué me dices, Van-Horn?—preguntó el Capitán.
—No me explico esto, señor Van-Stael—contestó el piloto—. ¡Como no sea que tenga el junco alguna avería!
—Sin embargo, navega bien.
—Perfectamente—dijo Van-Horn.
—Más adelante trataremos de averiguar de qué depende este defecto que no había notado antes. Ponte al timón, Horn.
—¿Qué ruta?—preguntó el marino subiendo al castillo.
—Nornoroeste, derecho a la isla Wessel. ¡Hum! El tiempo se nubla y dentro de pocas horas tendremos mar gruesa.