{8} He copiado in extenso esta argumentación de Haeckel, porque es precisamente —con diverso tono y con expresiones más o menos precisas y elocuentes— la que repiten aquellos adversarios del socialismo que gustan de asumir actitudes científicas y se sirven —para comodidad en la polémica— de las frases hechas que, hasta en la ciencia misma, tienen más curso de lo que parece.
Sin embargo, es fácil demostrar cómo, en este debate, la mirada de Virchow ha sido más segura y más límpida, desde que la historia de los últimos veinte años ha venido a darle plenamente la razón.
Ha sucedido, en efecto, que el darwinismo y el socialismo han progresado juntos con una maravillosa fuerza de expansión, conquistando el uno para su doctrina fundamental la unanimidad de los naturalistas, y continuando el otro en su difusión —tanto en sus aspiraciones generales como en su disciplina política— por todos los poros de la conciencia social, como inundación torrencial de territorios enteros determinada por el aumento diario del malestar material y moral, o como infiltración lenta, capilar, irrevocable en los cerebros más despreocupados y menos serviles del interés personal de la ortodoxa ruindad.
{9} Ahora bien, así como las teorías políticas o científicas son fenómenos naturales como cualesquiera otros y no el adorno caprichoso y efímero del albedrío individual de quien las inicia y las propaga, así también es evidente que si ambas corrientes del pensamiento moderno han podido, juntas, vencer las primeras y más fuertes oposiciones del misoneísmo científico y político, y si juntas aumentan día a día la falange de sus conscientes partidarios, esto significa por sí solo —casi diré por una ley de simbiosis intelectual— que no son ni inconciliables ni contradictorias entre sí.
Pero, por otra parte, los tres argumentos principales a que, en substancia, se reduce el raciocinio antisocialista de Haeckel, no resisten ni a la crítica más elemental de las nociones científicas, ni a la observación más superficial de la vida ordinaria.
1º El socialismo tiende a una quimérica igualdad de todos y de todo, el darwinismo, por el contrario, no sólo comprueba, sino también explica las razones orgánicas de la natural desigualdad de los hombres en sus aptitudes, y por lo tanto, en sus necesidades.
2º En la vida de la humanidad, como en la de las plantas y de los animales, la inmensa mayoría {10} de los nacidos está destinada a sucumbir, porque sólo una pequeña minoría queda vencedora en la «lucha por la vida». El socialismo, por el contrario, pretende que todos deben vencer en esa lucha y nadie debe sucumbir en ella.
3º La lucha por la vida asegura «la supervivencia de los mejores y de los más aptos» y sigue más bien un procedimiento aristocrático de selección individualista, que la democrática nivelación colectivista del socialismo.
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