Así, pues, el socialismo también por este lado, se acerca a la evolución religiosa y tiende a sustituirla, porque justamente quiere que la humanidad tenga en sí misma el «paraíso terrestre» sin esperarlo en un más allá que, cuando menos, es muy problemático.
Y he ahí por qué muchos han notado que el movimiento socialista tiene, por ejemplo, muchos caracteres semejantes a los del primitivo cristianismo, hasta por el ardor de la fe en el que ha desertado del árido campo del escepticismo burgués: tanto que varios hombres de ciencia, hasta no socialistas, como Wallace, Laveleye, De Roberty etc., admiten que el socialismo puede sustituir perfectamente con su fe humanitaria la fe ultraterrestre de las viejas religiones.
Pero las relaciones más directas y eficaces son {55} siempre, sin embargo, las que existen entre el socialismo y la creencia en Dios.
Cierto es que el socialismo marxista, después del Congreso de los socialistas en Erfurt (1891) declara justamente que las creencias religiosas son asunto de la conciencia privada, y que por lo tanto el partido socialista combate toda forma de intolerancia religiosa, sea contra católicos, sea contra judíos, como yo sostuve también en un artículo contra el antisemitismo. Pero esa superioridad de miras no es, en substancia, más que el efecto de la seguridad de la victoria final.
Justamente porque el socialismo sabe y prevé que las creencias religiosas, si no como fenómenos patológicos de la psicología humana, como las calificó Serbi, seguramente como inútiles fenómenos de incrustación moral, están destinadas a atrofiarse ante la divulgación de la cultura naturalista, aunque sólo sea elemental; justamente por eso el socialismo no siente la necesidad de combatir de una manera especial las mismas creencias religiosas, destinadas a perecer. Y eso aunque sepa que una de las fuerzas más poderosas en favor suyo, es justamente la falta o la disminución de la creencia en Dios, por medio de la cual los sacerdotes de todas las religiones y en todas las fases históricas, han sido los más {56} fuertes aliados de las clases dominantes, al mantener a las turbas subyugadas por la fascinación religiosa, como las fieras bajo el látigo del domador.
Y he ahí por qué los conservadores más clarovidentes, aunque sean ateos por su cuenta, lamentan que el sentimiento religioso —ese narcótico preciocísimo— vaya decayendo entre las masas, entendiéndolo ellos, utilitaria y farisaicamente (aunque no lo digan) como un instrumento de dominación política.
Desgraciadamente, sin embargo, —o afortunadamente— el sentimiento religioso no puede restablecerse por decreto de rey ni de presidente de república. Se va extinguiendo, no por culpa de éste o del otro, y sin necesidad de propaganda especial, porque está en el aire que respiramos —preñado de inducciones científicas experimentales— que no encuentre ya las condiciones de existencia que hallaba tan favorables en la ignorancia mística de los siglos pasados.
Y queda así demostrada la directa influencia de la ciencia positiva moderna —que sustituye el concepto de la causalidad natural al del milagro y de la divinidad—, en el desarrollo rapidísimo y en las bases experimentales del socialismo contemporáneo.
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