El sol soslayaba la tierra con rayos tibios, como el suave calor de un incendio que se inicia; pero que anunciaban para más tarde la alta temperatura propia de la estación y de un día sin nubes que la aplacaran.

Comprendiéndolo así, Baldomero contestó al saludo de Melchor, que elogiaba la mañana, diciéndole:

—Ahora está lindo; pero «hoy va a cantar la chicharra», ¿y esos hombres?...

—Duermen todavía; no he querido despertarlos, para que descansen un poco más.

—¿Tomará un mate, don Melchor? ¿o prefiere café?

—No, mate. ¿Es dulce?

—¡Verdad que usted toma dulce! Vea, Garona, haga cebar dulce también.

Garona llamó a una muchacha de servicio y minutos después Melchor tomaba su mate.

—¿Y los equipajes, Baldomero?

—Ya van en viaje. El carro salió hará dos horas.