—¡Pero vea usted!—dijo Melchor contemplando bondadosamente a Garona.—¡Cómo se aclimatan estos gringos!... ¡Quién había de decirle, don Saverio, que iba usted a tomar mate en su vida?
—¡Qué quiere!... aquí aprendemos de todo... y quién sabe si hay alguno que toma más mate «de» yo—contestó enfáticamente Garona, que hacía gala de su capacidad de bocoy, considerando que el verdadero mérito de «un buen gaucho» se revela por el número de mates que pueda tomar y no por calidades de otro orden.
—Cuando sea hora de salir, avise, Baldomero, para despertarlos.
—Cuando quiera, estamos listos.
—Bueno, don Saverio, haga llevar al cuarto café con leche, pan y manteca, bien servido, ¿eh?—y con el mate en la mano se dirigió al dormitorio de sus compañeros, a quienes dijo:
—¡Muchachos!... ¡Aquí está la Pampita!
—¡El qué?—exclamó Ricardo, irguiéndose rápidamente en la cama, al mismo tiempo que Lorenzo se incorporaba también.
—Que ya es de día...—contestó Melchor.
—Pero, ¿qué fue lo que dijiste?
—¡Nada!... que es hora de levantarse...